Ensayo histórico-sociológico en el que se analiza el comportamiento de la civilización occidental, en el periodo de su historia que va de 1348 a 1800, para descubrir el influjo que en ella ha tenido el miedo. J. Delumeau subraya en su obra que la historiografía ha ignorado durante mucho tiempo el estudio del pasado bajo el ángulo concreto del miedo. Es un vacío que se propone llenar ahora con este trabajo, cuyo propósito es proyectar sobre ese período "una iluminación determinada", admitiendo que puede haber otras capaces de "completar y corregir" la suya propia. Advertencia importante que habrá de tenerse muy en cuenta con esta particular interpretación histórica, sujeta por lo mismo a las limitaciones propias de un trabajo de esta índole. En primer lugar se estudian "los miedos de la mayoría", es decir, del pueblo, para analizar después el miedo de la clase que detenta el poder, sea éste el civil o el religioso. El autor advierte que a este primer volumen seguirá otro en el que se hablará del miedo a sí mismo y de la salida del país del miedo. La obra responde a un claro afán de investigación, objetiva y serena, y está, en general, bien documentada. Se pretende poner en claro que "no sólo los individuos, sino también las colectividades y la civilización misma están embargados en un diálogo permanente con el miedo". Hasta tal punto esto es así, concluye el autor, que será el miedo quien explique "la acción perseguidora en todas direcciones impulsada por el poder político-religioso", y que en la mayoría de los países europeos está ya en los inicios de los tiempos modernos. El tema es en sí mismo incitante, pero también polémico, y hay aspectos que quedan borrosos e imprecisos. Así, el análisis histórico está realizado desde una filosofía de la historia no muy respetuosa con los valores espirituales y cristianos que se estudian. Se hacen bastantes afirmaciones no suficientemente contrastadas, como la que habla de un "magicismo cristiano que hasta época reciente ha seguido siendo uno de los componentes primordiales de la vida religiosa de Occidente", o aquella en la que se acusa a la Iglesia de ser "La única responsable de la multitud de sevicias sufridas por los judíos" en la Edad Media y en el Renacimiento. Es claro también que el autor no se ha esforzado demasiado por entender la colonizaci6n española de América, ni menos su evangelización, a la que califica de "espantosa aculturación". Estos y otros juicios parecidos sobre los dominicos, sobre la actitud de la Iglesia ante el sexo o sobre los "hombres de la Iglesia" en su relación con la caza de brujas empañan seriamente la objetividad y serenidad del texto y ponen en entredicho la utilidad de un libro claramente sectario.
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