La obra incluye una serie de crónicas sobre la situación de Islandia bajo el impacto de la crisis económica de octubre de 2008, complicada meses más tarde con las devastadoras erupciones volcánicas de 2009/2010. El reportaje, escrito con estilo ágil y directo, amenizado con diálogos y anécdotas curiosas, se inicia en Reykiavik, capital de la República, independizada de Dinamarca en 1947. El paisaje, abrupto y desolado en zonas volcánicas, ameno, colorista y arbolado en valles, cuencas fluviales y lagos, influye notablemente en las costumbres, medios de vida y cultura de su escasa población (360.000 habitantes censados). El autor describe el ambiente sosegado de ciudades y pueblos, el trabajo en las granjas agrícolas y ganaderas o el más abigarrado mundo de los jóvenes ruidosos en festivales de música y concentraciones campestres durante el verano. Al visitar las regiones volcánicas muestra la resignación de los isleños acostumbrados al riesgo, al que no conceden excesiva importancia. Según parece, las erupciones se limitan a ciertas molestias derivadas del humo y ceniza que se dispersa en dirección a Europa. El análisis de la quiebra financiera se limita a resaltar la ambición de los banqueros, refugiados en lugar seguro para evitar hacer frente a sus compromisos.
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