Nacida en Inglaterra en 1967, la autora cuenta en esta obra cómo a los treinta y nueve años, casada y madre de dos niñas, se sintió de pronto harta de Bristol -la ciudad donde vivía-, del clima, del ruido urbano, de la rutina doméstica y de todo su entorno. En consecuencia, de acuerdo con su marido, deciden vender la casa familiar y, con sus hijas de cinco y seis años, pasar tres meses, entre primavera y verano, en Italia, estableciéndose cerca de Arezzo pero haciendo desde allí viajes por toda Toscana e incluso hasta Nápoles. La obra, narrada en primera persona, recoge las impresiones y opiniones de la autora ante todo lo que ve y ante las nuevas circunstancias por las que ella y su familia atraviesan.
El lector aprecia el fuerte contraste que en todo momento se produce entre quien escribe y lo que se presenta ante sus ojos. Sin apenas conocer el idioma, su relación con Italia y lo italiano resulta siempre bastante distante, salvo ante determinadas obras de arte, pintura sobre todo. Además Cusk parece haber sido educada como católica y luego haber abandonado sus creencias religiosas, lo que motiva unas actitudes críticas y desdeñosas cuando visita, por ejemplo, Asís o el Vaticano. En general, la obra abunda en prejuicios muy insulares y británicos y los protagonistas tratan más con otros viajeros ingleses que con naturales del país, lo que le resta interés. El estilo, sencillo y ágil, es el adecuado para una crónica viajera dirigida a un público amplio.
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