Abismo, de Carol Shaben

Por Rafael Gómez.

Durante la madrugada del 19 de octubre de 1984, el avión de alquiler  perteneciente a una compañía privada, se estrellaba  en Canadá con una decena de pasajeros a bordo, incluido el piloto al mando de la aeronave.En el accidente perecieron seis personas mientras los cuatro supervivientes fueron rescatados horas más tarde de una muerte segura, a causa de las bajas temperaturas y a la tormenta de nieve que se abatió sobre la zona en esas fechas.

 

La noticia, como una más, perdida en las páginas interiores de la prensa, impresionó  sin embargo a la joven periodista canadiense Carol Shaben, que se había desplazado en prácticas a la ciudad de Jerusalén.

El caso no era para menos: su padre, Larry Shaben, ministro provincial de la vivienda de la región, viajaba  en el avión siniestrado. Para alivio de la hija, Larry aparecía incluido en la lista…! de supervivientes!.

La chica se abalanzó sobre el teléfono para recabar de la familia los detalles del accidente y fue tranquilizada inmediatamente  por su madre:

“Papá está bien, no te preocupes. En estos momentos se recupera de la angustia vivida en las últimas horas y descansa. Ya hablarás con él.”

A su regreso al hogar, fracasa en los intentos de que su padre le contara lo ocurrido y describiera el drama vivido en la soledad de la naturaleza, perdidos frente a un bosque y sometidos a bajas temperaturas imposibles de soportar.  Parecía como si una barrera infranqueable le impidiera expresar las emociones padecidas junto a los compañeros de infortunio ante la proximidad de la muerte. Una muerte próxima, como tuvieron ocasión de comprobar ante los cadáveres de las víctimas aprisionados entre los carbonizados restos d la nave.

El mismo resultado negativo obtuvo tras localizar, uno a uno, a los otros cuatro supervivientes, igualmente reacios a narrar los detalles de la dura experiencia vivida por todos  ellos. De un lado, su intuición de avezada periodista y de otro su conocimiento del carácter de su padre, le llevaban a la convicción de que el trágico accidente había dejado una profunda huella en la conciencia de los cuatro supervivientes.  Por eso no cejaba en su empeño de lograr desvelar lo ocurrido en las horas que permanecieron en la noche, acosados por el frío y la incertidumbre junto a los restos del aparato a la espera de una salvación que podía no llegar nunca y bien cuando ya fuera demasiado tarde. Lo que Carol ignoraba es que los cuatro afectados se habían juramentado para guardar silencio sobre los detalles del drama y las reacciones más íntimas expresadas por cada uno de ellos en esos momentos de crisis.

Sin embargo, la paciencia de la pertinaz  Carol se vio finalmente recompensada.

Al cabo de casi veinte años, tanto su padre como las tres restantes víctimas del accidente accedieron a narrar las impresiones vividas que recordaban con claridad, como si hubieran transcurrido apenas unas horas antes.

El relato de los hechos, recogido por la autora, resulta en extremo emocionante, porque si bien cada uno de los personajes  ofrece una versión parcial de los hechos, los testimonios reunidos en esta extensa crónica, encajan a la perfección hasta  formar un cuadro completo del suceso. El  más conmovedor corresponde al del entonces joven piloto. Con total sinceridad reconoce la responsabilidad del accidente y asume la muerte de seis personas sin excusas ni atenuantes, cuando en realdad existieron una serie de factores adversos- la tormenta de nieve, fallos en los indicadores del aparato-  que contribuyeron a provocar el desastre.

El político veterano Larry Shaben, por su edad y experiencia, desempeñó un papel destacado a la hora de mantener alta la moral de sus compañeros en los momentos de crisis, a pesar de la gravedad de sus heridas. Gracias a su testimonio se aclaró el episodio más pintoresco y sorprendente del trágico suceso: entre los supervivientes figuraba la curiosa pareja formada por un agente de la Policía Montada del Canadá, y un preso al que estaba encargado decustodiar  hasta su entrega al tribunal de justicia, que debería juzgarlo como reincidente de varios delitos.

Ante la gravedad de las heridas del policía, el delincuente no solo permaneció a su lado, sino que también le salvó le salvó la vida al liberarlo de los restos del avión y cubrirle con sus ropas. Además, durante la noche alimentaba una y otra vez la hoguera encendida con las ramas de los pinos que él mismo acarreaba una y otra vez. El calor de la hoguera  evitó la muerte por congelación del resto de los maltrechos pasajeros hasta la llegada, con las luces del alba, de los equipos de rescate a cargo del ejército canadiense.

Aquellas horas de angustia les dieron tiempo a reflexionar sobre el sentido de la vida y la muerte, el dolor y la generosidad, el bien y el mal, el destino y la providencia. Momentos de sinceridad y de confidencia que la autora refleja con fidelidad, realismo y ternura, al comparar las respuestas de unos y otros y destacar la dignidad de aquellos hombres que respondieron con valor y abnegación ante unas circunstancias críticas y de incierto final.

Relato sincero, en el que, a través de los testigos del suceso descubre los contrastes del alma humana y cómo las conductas del  piloto, del avezado político, del agente de policía y su delincuente salvador, quedan igualadas ante el mismo problema que les afecta. En torno a ellos se crea un clima de solidaridad y convivencia que les unirá ya para el resto de su vida y les ayudará, a partir de ese momento, a reconocer sus errores y rectificar las pautas que regían su conducta en los años, días y horas que precedieron al accidente.

 

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