Carta de José Luis Olaizola: La niña del arrozal, mi novela más querida

Los escritores debemos estar profundamente agradecidos al grupo de librerías TROA, y yo un poco más. En TROA no sólo se venden libros, sino que se aconseja al lector sobre lo que más le conviene leer, y cuando uno de esos libros recomendado es el nuestro, lo mantienen en venta durante largo tiempo, algo muy de agradecer en estos tiempos en los que los libreros devuelven los libros cuando no se han convertido en un éxito en veinticuatro horas. Maravilloso.

Y yo un poco más agradecido porque me acaban de conceder el Premio Literario TROA, de “libros con valores”, por una novela mía. Pero no por una cualquiera, de las setenta y dos que llevo escritas, sino por la más querida por mí, por La niña del arrozal.

¿Y por qué es la más querida? Porque llevo diez años luchando contra el drama de la prostitución infantil en Tailandia -más de 50.000 prostitutas menores de edad sólo en Bangkok- como presidente y fundador de Somos Uno, que es una ONG familiar y artesanal, ya que mi mujer es la vicepresidenta y mis hijos los consejeros, y hemos conseguido haber salvado de ese drama a más de mil niñas, ciento y pico de ellas ya en la Universidad. Que una niña de los arrozales del norte del país, o de la frontera con Camboya, lo más ínfimo de la sociedad tailandesa, entre en la Universidad es cambiar el mundo, aunque sea poco a poco. Esto último lo dice el misionero jesuita Alfonso de Juan, mi socio y un hermano para mí, que es quien se ocupa de esa ingente labor en Tailandia, con la ayuda de un grupo de voluntarios, entre los que destaca Rasami Krisanamis, – una hija más, ya , para mí- budista, hispanista y traductora de mis libros al tailandés.

El padre Alfonso llevaba años animándome a escribir una novela que reflejara ese drama, sin estridencias ni morbosidades, pero que ayudara a abrir los ojos al mundo de la iniquidad que se perpetra en algunos de los países más desfavorecidos. Pasaron años sin que me atreviera a acometer el empeño. Yo, un europeo, ¿cómo me iba a meter en el alma de una joven tailandesa condenada a la prostitución? Pero el año pasado, con la ayuda de padre Alfonso, y la experiencia de miles de niñas que habían pasado por mi vida, acabé metiéndome en el alma de Wichi, una adolescente de doce años, inteligente, alegre, que vive feliz hasta que pierde a sus padres, y pasa a depender de una abuela, sin escrúpulos, que sólo ve en su nieta una fuente de ingresos, empleándola en la industria del sexo, según expresión habitual en Tailandia.

La historia de Wichi podía ser la de cualquiera de nuestras niñas becarias, arrastradas por un principio de maldad hacia su destrucción que, por fortuna, en ocasiones no se consuma gracias a la buena gente que hay por el mundo adelante. Y Wichi tiene la suerte de toparse con esa buena gente.

¿Cómo no alegrarme, y dar las gracias de todo corazón a TROA fundación, por ayudar a que ese drama sea un poco más conocido, y poco a poco, como dice padre Alfonso, vayamos cambiando el mundo, por lo menos el mundo que está a nuestro alcance?

José Luis Olaizola

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