Cuesta abajo, de Michael Connelly

Por Rafael Gómez

 

El  inspector Harry Bosch, protagonista preferido de las novelas policiacas de Michael Connelly, ofrece una especie de “contrafigura” del detective rudo, violento y carente de escrúpulos a la hora de  aplicar sus propias normas en la persecución de los delincuentes.

Al contrario, nos encontramos con un policía sereno, mesurado, frío al evaluar los casos que se le encomiendan y que no se deja llevar por ningún tipo de presiones discriminatorias.

Procura mantenerse fiel al principio básico que repite:
“O bien todas las personas cuentan o bien no cuenta ninguna”.

Dicho de otro modo: si hay que aplicar la justicia, deberá ser la misma para todos, sin distinguir la clase social,  raza, alto cargo o situación profesional del que resulte responsable del delito investigado.

Actitud que, si bien no despierta simpatías entre jefes y colegas de Harry Bosch, le asegura su confianza a la hora de asignarle casos que requieran  máxima honestidad e independencia de criterio.

Así sucede cuando el hijo de un veterano  e influyente concejal del Ayuntamiento de Los Ángeles aparece estrellado bajo los balcones del  lujoso hotel donde se hospedaba. Los primeros indicios señalan el suicidio como causa de la muerte.

En efecto, a simple vista, no se perciben muestras de violencia en el cuerpo de la víctima, salvo las provocadas por la caída, ni existen huellas en la suite del hotel o cualquier pista que permita deducir cualquier otro tipo de hipótesis que apunte al asesinato.

Sin embargo, el padre del fallecido  sospecha que, debido a cualquiera de sus numerosas y discutibles  “actuaciones al servicio de la comunidad” , algún perjudicado rencoroso hubiera decidido vengar su frustración en la persona de su hijo y desea conocer la verdad de lo ocurrido

Una vez más, la fama de de que Harry Bosch no hace acepción de personas se impone. Las autoridades policiales no lo dudan: él dirigirá el caso, caiga  quien caiga.

Las pesquisas se inician y Bosch no tarda en descubrir que el influyente concejal utilizaba los servicios del despacho de abogados de su hijo como tapadera de negocios sucios. Se traba, en realidad de una “oficina de tráfico de influencias”.  El procedimiento era muy sencillo.

¿Desea usted acelerar o alcanzar favores del Ayuntamiento? Como, por ejemplo, la concesión de obras, servicios o firma de  contratos lucrativos. ¿Sí? Pues no tiene más que ir al despacho del hijo del concejal, donde, previa fijación del coste adecuado, se le adjudicará la solicitud con máxima rapidez y garantía de  éxito.

A Harry Bosch no le cuesta demasiado descubrir el tinglado sobre el que ya existían sospechas en los medios financieros y empresariales de la ciudad. El problema es que la tesis del suicidio se afianza. Con las pruebas en la mano y la mayor seguridad, el inspector concluye que el fallecido se ha suicidado.

La víctima,  asqueada por la corrupción a la que su autoritario padre  le somete, e incapaz de escapar al triste destino de cooperador al mal,  se encuentra, además, con el desprecio de su mujer que le acaba de solicitar el divorcio. Circunstancia que, unida al reciente abandono del hogar de su hijo, harto de las diferencias entre sus padres, le sumerge e la más profunda depresión.

El esclarecimiento del caso, que confirma la consigna del “caiga quien caiga” cubre de gloria al inspector al tiempo que despierta gran alarma en la opinión pública.  Además, queda en evidencia el poderoso y temido concejal  que debe renunciar a su proyecto de renovar  el cargo en las inminentes elecciones municipales. Aclarados los hechos y demostradas las razones que motivaron el suicidio del hijo, todo parece indicar que su carrera política ha terminado.

El éxito es total. Harry Bosch recibe las felicitaciones de sus jefes y se convierte en el policía más popular de Los Ángeles, considerado como ejemplo de rectitud y honestidad en la lucha contra la corrupción de las administraciones públicas. Se reintegra a sus tareas cotidianas y consigue identificar a un sádico violador y asesino que se ha burlado de la policía durante años sin dejar rastro de sus fechorías.

Al atrapar al culpable deja en evidencia los fallos de sus compañeros que fueron incapaces de resolver el caso, aunque con ello  despierta la envidia de algunos de los agentes implicados. Las presiones para echar tierra al asunto le muestran que las prácticas corruptas no se limitaban a los políticos venales.

El inspector llega a la conclusión de que sus propios jefes le eligieron en el caso del concejal con el fin de destapar los manejos que ellos no se atrevían a controlar y así eliminarle de los futuros equipos municipales en los cuales se disponían a situar a candidatos afines a cambio, naturalmente, de  posteriores favores.

El argumento se desarrolla con un ritmo magistral y equilibrado que alterna el relato de los episodios de la intriga policial con las relaciones personales del inspector con superiores, colegas y  subordinados que muestran las miserias y carencias que los servidores de la ley ocultan bajo medallas y uniformes. Entre ellos se encuentran, como en cualquier otra profesión, conductas ejemplares, generosas y abnegadas junto a los que utilizan sin escrúpulos el cargo en beneficio propio.

Aunque el inspector Bosch toma conciencia de esa realidad,  se niega a ceder en sus principios asumiendo el riesgo de quedar marginado de las altas esferas del poder. Le compensa la satisfacción del deber cumplido y el servicio prestado a la sociedad, con lo que su actitud queda muy alejada de la habitual en los protagonistas del género de la novela negra cuyos códigos de conducta y métodos de investigación les llevan a infringir las  leyes y reglamentos  siempre de este modo que lograran eliminar a los culpables.

 

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