Cumbres borrascosas, de Emily Brontë

La vida de la familia Earnshaw, especialmente la de Catherine y su hermano Hindley, se trastorna por completo cuando el señor de la casa llega una noche acompañado de un pequeño y abandonado huérfano de seis años al que llama Heathcliff, con la intención de criarlo como suyo. Hindley pasará el resto de su vida detestando al intruso mientras su hermana lo idolatra y ama con todo su ser.

“Mi tristeza provenía de mi separación de Heathcliff, que había sido ordenada por Hindley. Era una niña… Estaba sola por primera vez.”

 

Por Teresa de Urberuaga

Es en esa mansión inglesa de “Cumbres Borrascosas”, un yermo páramo situado en la cima de una colina vapuleada por los duros vientos del norte, donde se gesta esta historia violenta, amarga y lúgubre pero considerada paradigma del género romántico –seguramente debido a los exacerbados sentimientos de los protagonistas y a la tragedia que los va rodeando. Sin lugar a dudas, es una de las grandes novelas de la literatura británica del siglo XIX.

La historia, que comienza en 1801 y concluye un año más tarde, nos la cuentan dos narradores: Lockwood, un hombre que ha llegado a Cumbres Borrascosas como inquilino de una de las granjas de la finca, y  Mrs Dean, empleada de hogar en la mansión.

Seguidamente, la señora Dean nos retrotrae cuarenta años, a la época en que Heathcliff  apareció en escena.

En 1771, la vida de los propietarios de Cumbres Borrascosas era feliz hasta la llegada del pequeño huérfano, a quien, desde el principio, el primogénito profesó un profundo odio. Tras la muerte de su benefactor, Heathcliff se vió sometido a todo tipo de humillaciones por parte del nuevo dueño de la mansión.

Profundamente ofendido, el joven, que se ha enamorado de Catherine – hermana de su enemigo- jura vengarse. Pero la joven, igual de apasionada e impulsiva que él, se opone a sus planes y termina casándose con  su vecino Edgar Linton, magistrado de la región.

Y ahí comienza la venganza casi demoníaca de Heathcliff, condenado a la soledad, contra todas las personas que le han hecho sufrir.

“Aunque él la amase con toda la fuerza de su mezquino ser, no la amaría tanto en ochenta años como yo en un día.”

¡Catherine Earnshaw, ojalá no encuentres descanso mientras yo siga con vida!“

“Se daba con la cabeza contra el nudoso tronco. Luego alzó los ojos y emitió un rugido no humano sino de fiera salvaje aguijoneada de muerte por cuchillos y venablos.”

Llama la atención que una novela tan dura, tan apasionada y, a la vez, tan realista, innovadora y controvertida,  fuera escrita por una joven de menos de treinta años que prácticamente no había salido de su casa.

Los personajes están perfectamente dibujados, los diálogos son de gran intensidad y la ambientación es impecable.

El poso que deja su lectura es, para mi gusto, amargo y, sin embargo, enriquecedor. He disfrutado leyéndola y releyéndola. La recomiendo vivamente.

 

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