El final de Sancho Panza y otras suertes, novela ganadora del IV Premio Troa Libros con valores

 

“Más que una novela, he escrito su historia, la crónica de sus vidas”

 

 

 

 

Por Andrés Trapiello

DOS PEQUEÑAS HISTORIAS

Si me pongo a recordar cuándo fue la primera vez que pensé “continuar” el Quijote, no saco nada en claro. Tal vez haya alguna anotación al respecto en alguno de los tomos del Salón de pasos perdidos. Como acaso sepa el lector de estas líneas, ese Spp es un libro que se escribe como diario y se publica como novela. De él se llevan publicados dieciocho volúmenes que suman unos miles de páginas, y cabría pensar que una decisión como esa de proseguir las aventuras de los personajes que siguieron vivos a la muerte de don Quijote y que, al menos para mí, fue importante, estaría reflejada en esa obra más o menos minuciosa, pero también es probable lo contrario, quiero decir que no siempre somos conscientes de las cosas sino cuando ya ha pasado mucho tiempo, y entonces nos resulta muy difícil recordar los detalles exactos de una crónica que ha pasado ya a ser novela.Sin embargo sí puedo precisar dos momentos que están en el origen del amor que ha sentido uno por el Quijote, primero, y por Cervantes después. León, hacia 1960. Con siete u ocho años, tal vez nueve, en una papelería. Se llamaba Santa Teresa y estaba en el Espolón. Se vendían en ella toda clase de papeles y material escolar, devocionarios, misales y estampas religiosas. Aquel niño entró en ella llevando en su mano, que cerraba con fuerza, treintaiséis pesetas, y en su pecho un pequeño corazón a punto de salirse de él. Unos minutos después iban a tener lugar allí dos hechos decisivos, que marcarían su vida para siempre. Había obtenido aquel dinero de un tío cura que tenía asignada como mesada la cantidad de seis pesetas a quien le asistiera cada día a misa, lo que traducido a tiempo y esfuerzo significaba que aquellas treintaiséis pesetas representaban seis meses de levantarse a las siete y media de la mañana siete días a la semana. Ignoro por qué razón el primer libro que quiso uno comprar con un dinero ganado enteramente con su trabajo fuese aquel y no otro de los que seguramente podía haber oído hablar ya en alguna parte: La isla del tesoro, Moby Dick, Robinson Crusoe, El correo del zar, La cabaña del tío Tom… Ni siquiera recuerdo haber visto ningún ejemplar del Quijote en manos de nuestro maestro ni que este nos leyera en clase algunos de sus episodios, como he sabido después que les sucedió a otros chicos de mi generación. En León han sido siempre en ese aspecto, y en otros, gente muy práctica. De modo que cuando llegué a la librería Santa Teresa con un billete de veinticinco pesetas, dos de cinco y uno de una, este último un billete no mayor que la envoltura de un caramelo y con la efigie de don Quijote, y todos ellos fuertemente metidos en mi puño para evitar desagradables sorpresas de última hora, era porque ya me había informado de la edición, que había visto, y conocía su precio exacto. Era aquel librero, tan pío y encogido como paciente, manco, a la manera de Cervantes, con la mano estropeada y gafa, pero sin falta. ¿Herido de guerra acaso? Había sido alférez provisional en ella. En aquellos años se veían por la calle a muchos cojos, tuertos, ciegos, mancos y tullidos a los que se daba precisamente el nombre de “caballeros mutilados” en recuerdo de Cervantes.
Si había entrado en la papelería con tanta agitación, nadie puede figurarse cómo salí de ella con el libro en las manos. Me lo había envuelto primorosamente porque aquel hombre tenía la manía de envolver todo lo que salía de su tienda, hasta los lápices y gomas de borrar que comprábamos por unidades y, por supuesto, aquellos dípticos que al abrirse desplegaban “en relieve” un montón de rosas ribeteadas con polvos de plata que apestaban a pegamentoymedio y a un perfume dulzón y mareante apropiadísimo para el “día de la madre”, y quizá era así, que lo envolvía todo, para demostrarse y demostrar que podía hacer con una mano lo mismo que los demás con dos. Deseaba llegar a mi casa, quitar el envoltorio y abrir aquel libro, que me pertenecía no ya en su ser material, sino espiritual: podía sentir que aquello que me dijera, me lo diría a mi solo, en cierto modo porque me lo había ganado con muchos heroicos madrugones. Sí, en mi confuso y atropellado sentimiento, entendía que los libros había que merecerlos, y yo aquél lo merecía. Ese fue el primero de los hechos decisivos: que el trabajo nos lleva adonde queremos. El segundo: acababa de convertirme en un lector. Más o menos. Qué fiesta fue abrirlo. Busqué un rincón solitario, lo que en el piso pequeño en el que vivíamos mis padres, mi tío el cura y ocho hermanos, era una empresa que dejaba pequeñas las de don Quijote. Lo primero que llegó a mí fue la fragancia del papel nuevo y la tinta, un olor frutal y delicioso. Sólo años después corroboré que era, en efecto, el olor que desprendían las manzanas del Árbol de la Ciencia. En cuanto abrí el libro los grabados de Gustavo Doré que aquí y allá se intercalaban con el texto y un gran número de dibujos a modo de viñetas en él, se llevaron tras de sí mis ojos: qué escenas tan bien pintadas, qué imaginación, qué realismo, y claro, aquellas palabras, enteramente nuevas para mí al lado de su dibujo, morrión, celada de encaje, calza entera, coleto… Para ser una “edición escolar” de la editorial Luis Vives, quiero decir, muy compendiada, se respetaba el texto original, al que se añadía después de cada capítulo un glosario que explicaba aquellos términos y refranes, y un puñado de ejercicios, juegos y comentarios para los escolares. No recuerdo haber leído entonces “mi” libro de corrido, porque apenas podía comprender lo que me decía su lengua arcaica, pero pasaba horas con él, mirando los “santos” y las viñetas, y fuimos inseparables durante mucho tiempo, porque un año después vino conmigo al internado, donde acabó extraviándose. ¿Cómo pudo ocurrir algo así, cómo se fue de mi vida sin dejar el menor recuerdo de su desaparición, habiendo sido la nuestra una relación tan… apasionada y posesiva? Pasados los años volví a encontrar en el Rastro un ejemplar igual. Era tal y como lo recordaba. Lo reconocí, claro, de lejos: las tapas duras con aquel rótulo, El Quijote, en la cubierta, y todo lo demás, que repetía, al parecer, ediciones anteriores a la guerra y añadía a estas, nada más abrirlo, a modo de portada, una fotografía a toda página de la estatua del Caudillo a caballo y en el reverso, la de José Antonio, quién sabe si dando a entender que ellos dos eran los modernos caballero y escudero. Yo el detalle de las fotos, sin embargo, no lo recordaba en absoluto, pero mi ejemplar debía de llevarlas también como ese que compré en el Rastro. La lectura del Quijote la llevaría a término hacia mis veinte; fue, pues, ya una lectura de adulto, y desde entonces no la he abandonado nunca, porque es de esas que nunca concluyen, pero nunca he dudado de que la semilla que se abrió tanto tiempo después la puso en mí aquel libro al que llegué ignoro por qué razón y al que llegué, desde luego, solo, como nos sucede siempre con las cosas más importantes: la vida, la muerte y el amor.El segundo de los momentos, el descubrimiento de Cervantes, sucedió mucho después.Madrid, hacia 1990. El editor Rafael Borràs, que trabajaba en la editorial Planeta, me propuso escribir un libro para cierta colección de biografías, y me dio a escoger: Catalina de Rusia, Ana Bolena y no recuerdo qué otro figurón. Como no es uno persona a la que le guste decir no, y menos en aquel tiempo de estrecheces económicas, contraoferté: Stendhal, Galdós, Cervantes. Descartó Stendhal por parecerle un autor minoritario entre el público mayoritario al que iba destinada la colección; descartó al mayoritario Galdós por no gozar del aprecio de los minoritarios de entonces, y dejó al margen a Cervantes, por habérselo encomendado ya a otro escritor. Nos despedimos, pues, y no hubo nada. Al año volvió a telefonearme y a convocarme en la pecera del hotel Palace, donde tenía su chancillería. Quería saber si seguía interesado en escribir la biografía de Cervantes; el colega que se había comprometido con él a entregársela hacía un mes, “no había podido con ella”. Aunque le pregunté el nombre de aquel por el cual iba uno a entrar en escena, para darle las gracias, me quedé sin saberlo, y me puse con entusiasmo a la tarea, haciendo bueno aquello que decía Pla: “si quieres saber algo de un tema del que lo ignoras todo, escribe un libro”. La única condición que puse al editor fue que no aceptaría ni el pie forzado del título, igual para todos los autores y personajes de la colección (Yo, Felipe II, Yo, Miguel Ángel, Yo, Napoleón), ni, por consiguiente, escribirlo en primera persona, fingiendo ser uno el biografiado. Un Yo, Cervantes estaba a todas luces, al menos en mi caso, fuera de lugar y muy por encima de cualquier expectativa. Un año después se publicaban Las vidas de Miguel de Cervantes.

 

A LO QUE ÍBAMOS

Recuerdo el tiempo que me llevó escribir ese libro como uno de los más felices de mi vida. Me obligó a leer aquellas obras de Cervantes que no había leído, releer atentamente las demás y distinguir entre cervantistas, cervantistos y cervantinos y las consiguientes combinaciones: cervantistas, cervantistas cervantinos y cervantistos a secas.
La primera lección, no obstante, fue comprobar que quien se acercaba a Cervantes, en general, y al Quijote en particular, raramente dejaba su trato no siendo un poco mejor, contagiado de la bonhomía de los personajes y de la dignidad con la que Cervantes sufrió todas sus adversidades y penurias, que fueron incontables.
Incluso los cervantistos, esos eruditos que parecen estudiar las obras de Cervantes teniendo más presentes a sus colegas académicos y las paridas que ellos han dicho o dejado de decir que las maravillas que escribió el propio Cervantes, incluso ellos, decía, es raro que no se dejen en algún momento seducir por ese espíritu cervantino que resume una sola palabra: compasión. Yo mismo, que acabo de decir esta pequeña perrería de ellos, siento que me envuelve en este preciso instante como un raro efluvio que no puede proceder sino del mismo Cervantes y que hace que los mire no sólo compasivamente sino con gratitud: muy desagradecidos tendríamos que ser si no reconociéramos a los verdaderos cervantistas sus años de trabajo, desvelos, estudios y escrutinios fatigosos que nos ayudan a entender todas sus obras y devolverlas al ámbito de la vida, de donde proceden.¿Pero es que acaso estas obras, el Quijote, las novelas ejemplares, sus entremeses y comedias, no estaban ya en el tumultuoso río de la vida donde las pescó su autor, antes de devolverlas a él? Sí y no.Veamos. Al lector hispanohablante se le tiene condenado a leer las obras de Cervantes en una lengua que ha dejado de hablarse hace cuatro siglos, y de no ser por las anotaciones de los eruditos, filólogos y escoliastas, cervantistas y cervantistos, serían en gran parte incomprensibles para cualquier lector actual. Ni siquiera los más cultos podrían hoy leer el Quijote sin las muletas de esas oportunas anotaciones. Desde luego que lo primero que se percibe en Cervantes es la vida, aunque ya muchas de las palabras, expresiones y refranes que nos la pintan tan a lo vivo, no acabemos de comprenderlos del todo sin pasar por el diccionario. Notamos, sí, que todo eso sigue con su latido, y que lo tiene por aquello que muchos siglos después iba a dejar dicho de una manera definitiva JRJ: “Quien escribe como se habla, irá más lejos y será más hablado en lo porvenir que quien escribe como se escribe”. Sí, Cervantes escribía como se hablaba, es decir, mal, o sea, bien, y de ahí que muchos hayan considerado, empezando por Lope de Vega, que Cervantes escribe mal. Pero lo cierto es que el propio Cervantes nos había dado otro secreto para no preocuparnos por cómo se dicen las cosas, sino de las cosas que se dicen: “Lo que se sabe sentir se sabe decir”, leemos en El amante liberal. Y ateniéndose a ello Cervantes escribió todo lo suyo y nosotros sabemos cuanto conviene saber del arte de la escritura… y de la vida.Y el sentimiento de las cosas es precisamente lo que no muere nunca. Por eso es lo primero que encontramos en algunos cronistas de Indias, como Bernal Díaz del Castillo, o en las cartas particulares que los indianos dirigían a sus parientes, o en los testimonios de quienes, como Cervantes, atendían más al habla que a la literatura. Y aquí llegamos a lo que íbamos: puede uno intentar prolongar la vida de un libro, de un cuadro o una música si está atento al sentimiento con el que se hicieron. Reproducir la letra sólo, o las notas, o un determinado sonsonete no da de sí más que unos pobres ejercicios de estilo, perfectos incluso, pero vacíos.Cuando se ha comprendido esto puede uno intentar escribir “la continuación” del Quijote.

 

LA CONTINUACIÓN DEL QUIJOTE

Nadie puede escribir la continuación del Quijote. Eso es absurdo. Ni Fernández Avellaneda fue capaz de ello con ser su contemporáneo. Él menos que nadie. Avellaneda podía conocer bien a Cervantes, pero es obvio que no conocía en absoluto a don Quijote ni a Sancho Panza. Basta leer la tosca parodia que hizo de ellos para saber que ni de lejos ni de cerca advirtió la nobleza de sus corazones y el metal en que los había fundido Cervantes. Más que lo motejara de viejo y manco, a Cervantes le dolió que Avellaneda pisoteara su creación, incapaz de comprender el sentimiento que le llevó a crearlos, que fue el de dar voz a quienes no la tienen porque se la han quitado o no se les escucha: locos, pobres, niños, mujeres, débiles, viudas, moriscos, galeotes, soldados, bandidos, cautivos y viejos; pero también, claro, a duques, teólogos, sabios, corregidores, capitanes, príncipes, jueces, y entre unos y otros la extensa panoplia de gentes comunes, curas, barberos, criados, dueñas, mozas de venta o pastoras, porque todo lo sabemos entre todos y todo lo decimos entre todos. Y lo más importante, aunque todos y cada uno de ellos tiene sobradas razones para renegar de la vida y lamentarse, del rey hasta el mendigo, ni uno solo levantará un falso testimonio contra ella. Esta última es la visión de Cervantes, lo que nos resulta tan cercano de él y de su mundo. No echa su pesadumbre sobre nuestras espaldas como un fardo abrumador, al contrario; apenas llevamos a su lado unos minutos y sentimos que lo que hace don Quijote con aquellos a los que socorre, lo está haciendo Cervantes con nosotros, aliviándonos de nuestro pesar. El cobarde atropello de Avellaneda dolió a Cervantes, desde luego, pero no hasta el punto de hacerle perder la cabeza. Al contrario, le dio pie para una de las más sutiles venganzas literarias: tomó uno de los personajes del apócrifo, don Álvaro Tarfe, lo metió en la segunda parte del Quijote verdadero y lo llevó en presencia de don Quijote para hacerle decir precisamente a este que aquellos don Quijote y Sancho que él había conocido en el libro de Avellaneda eran los más grandes embusteros que cabía imaginar, y así, por arte de magia, como quien convierte el agua en vino, un personaje que venía contaminado de las páginas de Avellaneda, Cervantes nos lo trueca en uno de los más simpáticos de su propia estirpe.Y esta fue probablemente la mecha que encendió en uno el deseo de “continuar” la historia no del Quijote, ni siquiera la de Cervantes, sino la vida, la de todos, la de ayer, la de hoy, la de mañana.Si don Álvaro Tarfe había pasado de una ficción a otra, de Avellaneda a Cervantes, libro físico mediante, también podían esos personajes venir desde Cervantes, a través de un libro escrito por mí, a una nueva ficción que prolongara el sentimiento y pensamiento cervantinos. Porque sentía que aquel libro tan largo de Cervantes se nos hacía demasiado corto a sus lectores, lo que me llevó a tratar de alargarlo por mi cuenta, viviendo en sus páginas como vivía el propio don Quijote en las de sus novelas de caballerías.Y eso hice. Tomar los personajes de Cervantes donde él los dejó, entre otras razones porque la muerte le impidió seguir con ellos. Quiero decir que así como todo lo que sucedió a don Quijote lo contó ya Cervantes, y lo dejó contado y cerrado para siempre, todo lo que les sucedió a Sancho, Sansón, la sobrina o el ama, al morir don Quijote, ni Cervantes podía haberlo contado, porque se murió antes, a la par, más o menos, que don Quijote. Por tanto, lo que les sucediera a estos personajes cualquiera estaba capacitado a contarlo, menos Cervantes. Antes que yo otros “resucitaron” a don Quijote y le hicieron vivir sus aventuras apócrifas contra toda evidencia, pues es obvio que don Quijote murió cuando lo quiso Cervantes y, muerto uno, no hay molinos de viento que valgan. En ese sentido, ni siquiera está justificada la invención de otras aventuras diferentes de las que Cervantes contó. Sólo cabía la posibilidad de seguir la vida de los personajes que quedaron al morir don Quijote, e intentar hacerlo sin traicionar ni la letra de Cervantes, ni el espíritu de la letra, su melodía. Esa que nos ayuda a reencantar el mundo.Y aquí nos hallamos. Con El final de Sancho y otras suertes yo he llegado al final de su viaje. Las razones por las que hicieron lo que hicieron quedan explicadas en este libro y en su primera parte, Al morir don Quijote. En los dos hallará el lector cumplida cuenta y razón de las motivaciones y peripecias de Sancho Panza, el bachiller Sansón Carrasco, la sobrina Antonia, el ama Quiteria, los duques, el primo, Cardenio, don Fernando, Luscinda, Dorotea, Tosilos, Pérez de Viedma, Ginés de Pasamonte y, en fin, otros personajes de nueva planta, de Periquillo el Cojo al capitán inglés de quien no se declara el nombre, pasando por don Suero y doña Toda…

Más que una novela, he escrito su historia, la crónica de sus vidas. De eso habla la cita de ese gran cervantino que fue Dickens: “Hechos, sólo hechos”.

Muchos relatos de “hechos reales” aspiran a ser una novela. Mi novela, pura ficción, aspira a ser real. Este prólogo llega a su fin. A muchos de “mis” personajes se los lleva la Parca por delante, como se llevó antes a don Quijote, pero quedan con vida otros que acaso seduzcan a un futuro autor hasta llevarle a indagar qué fue de ellos y querer contarlo.Yo le estoy agradecido a toda la larga secuencia que inició aquel librero manco, a la edición de Luis Vives, a Doré, al editor que me encomendó un Yo, Cervantes, y, por supuesto, al mismo Cervantes que descubrió que la ficción y la realidad no son tan diferentes a menudo, haciéndonos creer que el sentido que rige la literatura puede proporcionárselo a la vida, que carece de él, regalándonos de vez en cuando un poco de justicia poética. Por ejemplo: mucho tiempo después, tal y como sucede sólo en las novelas, llegué a conocer el nombre de aquel colega que no fue capaz de escribir la biografía de Cervantes, je, je. Aquí te dejo pues, lector, lectora, deseándote también que este sea para ti un camino corto y largo, es decir, largo, pero que se te haga corto.

 

 

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (No Ratings Yet)
Loading ... Loading ...

Dejar una respuesta

Please note: comment moderation is enabled and may delay your comment. There is no need to resubmit your comment.


8 − 4 =