Historia de dos ciudades, de Charles Dickens

 

Es una opinión mayoritariamente coincidente que Historia de dos ciudades, de Charles Dickens, arranca con un párrafo inolvidable, seguramente uno de los más logrados, citados y arrebatadores de la literatura, exceptuando -¡claro está!-  nuestro famoso  “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…”.

Por Hugo Carrión

“Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, la edad de la sabiduría, y también de la locura; la época de las creencias y de la incredulidad; la era de la luz y de las tinieblas; la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación.”

Así comienza Historia de dos ciudades, una de las pocas novelas históricas del gran escritor victoriano Charles Dickens, publicada en 1859.  El relato nos sitúa a finales del siglo XVIII, justo antes y durante la Revolución francesa y la famosa toma de la Bastilla, yuxtaponiendo la situaciones políticas y sociales de la época en la caótica, violenta y ensangrentada París y el pacífico y ordenado –aunque bastante miserable y grotesco-  Londres.

El argumento arranca en 1775 cuando el doctor Manette es puesto en libertad después de pasar dieciocho años injustamente recluido en  la prisión la Bastilla como prisionero político.

“¡Dios mío! ¡Estar enterrado en vida durante dieciocho años!”

Para los aficionados a las modas literarias cabe destacar que Historia de dos ciudades fue un “best seller” de la época y es en la actualidad uno de los libros más vendidos de la historia. En su momento, Mark Twain confesó que la releía una vez cada dos años, al menos.

La novela se centra en tres personajes principales que conforman un complicado triángulo amoroso: el francés Charles Damay, el británico Sydney Carton y la joven y dulce  Lucie Manette , de la que los dos hombres están enamorados. El padre de Lucie y la pareja formada por el matrimonio Defarge, completan el núcleo de protagonistas.

La caracterización de cada personaje responde a un estereotipo: Damay es prudente y discreto, Carton tiene sed de venganza, Lucie es todo dulzura y candidez, el doctor Manette encarna la inteligencia y la sensatez y el matrimonio Defarge, la crueldad.

Han pasado más de dos siglos de la Revolución francesa, más de 150 años de la publicación de Historia de dos ciudades y, sin embargo,  la lectura de esta novela sigue despertando enorme interés. Tal vez sea porque  seguimos viviendo una época intempestiva y compleja, porque la pobreza, la miseria y las revueltas populares están al orden del día y porque siempre hay distintas soluciones para encarar un problema y evitar tragedias mayores.

“Y aun así he tenido la debilidad, y aún la tengo, de desear que sepáis que con súbita maestría habéis prendido en mí, montón de cenizas que soy, un fuego…”

La novela está estructurada en tres partes y será en su apasionante final cuando descubramos algunos de los interrogantes que nos acompañan durante su lectura.

El estilo literario es propio de Dickens: muy expresivo y dinámico, aunque cuidado y formal, con ricas descripciones, ironía sutil y un peculiar sentido del humor. Como en el conjunto de su obra, el autor denuncia las injusticias sociales pero también las revoluciones que llevan a la violencia y la barbarie.

A pesar de su dramatismo, a la novela no le faltan dosis esperanzadoras de lealtad, amistad y amor.

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