La compañía de las palabras

Julián Rodríguez | Director literario de Periférica

El origen más profundo de la editorial Periférica

Cuando era niño, sólo había en mi casa dos libros: una Biblia y un Quijote. A cambio tenía un cernícalo y el río de la sierra y los Dos Pinos y las largas horas entre sombras, junto al fuego, con mi abuela. Ésta, allá en lo alto de Las Hurdes, leía a los clásicos que le había enviado hacía años uno de mis tíos, quien trabajaba para Ediciones Paulinas.

Y en medio de la lectura sonaba una esquila en la tarde, que a mí me parecía ya noche profunda, la esquila que recorría, junto a una vela o una linterna, según lloviese o no, el pueblo. Algún lobo lejano aullaba de cuando en cuando. Los jabalíes rondaban los maizales y en el único bar del pueblo, el Teleclub, lo comentaban indignados los que sufrían su acoso: había destrozado dos surcos de patatas, uno de maíz, hablaban de trampas, de cepos.

Me atrevo a decir, y fue por pobreza, que no por amor a la filología, que soy uno de los españoles que más veces ha leído, junto a sus especialistas, el Quijote; pero más veces aún, es cierto, he leído la Biblia. No hay pieza literaria mejor, y vuelvo a ella, a las historias anteriores al nacimiento de Cristo, cada poco, una y otra vez.

Cuando dejé el pueblo a los diez años para estudiar en un colegio privado de Cáceres, pues mis padres creyeron que aquello sería lo mejor para “nuestro futuro” (el de mi hermano y el mío), todos mis antepasados de agricultores se rebelaron en mí y conmigo: no soportaban la ciudad, por pequeña que fuera. No soportaban estar lejos de los bosques y senderos, de los arroyos y montes. Yo no lo soportaba. Volvía a casa llorando ante lo que no entendía: ni el lugar ni los métodos de enseñanza ni aquello que veía más allá de la ventana del aula: un duro patio de cemento para el recreo. ¿Dónde estaban las altas moreras, las mimosas florecidas, los setos, los olivos de la escuela en la sierra? Sólo encontré consuelo por aquella pérdida en las palabras. Un día, al volver del colegio, el niño de pueblo (quien sería el primero de toda su familia que podría estudiar en la Universidad) le pidió a su madre un diccionario enciclopédico: siete tomos verdes que un tipo le había ofrecido en la puerta de aquel piso de la calle Diego María Crehuet como décadas antes había hecho su tío, antes de ser fraile, por otras calles y casas similares. Mi madre accedió y leí aquellos tomos desde la primera entrada hasta la última, desde la A hasta la Z, como una novela de aventuras. Quizá entonces, de repente, dejé atrás la niñez. Entre los diez y los once años. Aunque volviera al pueblo cada Navidad, cada Semana Santa, cada verano, cada poco, ya no era el mismo. Aunque estaba ligado a la tierra, aunque necesitaba la tierra, había encontrado la compañía de las palabras.

Paca Flores, mi socia en Periférica, también es extremeña, pero su familia llegó desde Andalucía, desde Córdoba. Una parte de ella trabajó en las minas, aunque casi todos se dedicaron, como era habitual entonces, a la agricultura o a la ganadería “minúscula”. La imagen de Paca como pastora de algunos animalillos de sus padres es una imagen que ella recuerda de cuando en cuando y que le provoca no sé si más la nostalgia o la risa. Su padre se empleó, antes de jubilarse todavía joven debido a un accidente, como guarda en el ahora Parque Natural de Monfragüe. Cazador en ocasiones, amante de las criadillas de tierra y los espárragos salvajes, de la carne asada en medio del campo, no era lector él, ni lo era su esposa, quien murió de cáncer poco antes de que yo conociera a Paca. Ésta había vuelto a Cáceres para pasar con ella los últimos días de su vida, para cuidarla en la medida de lo posible y para atender a su padre.

Una editorial hace públicos textos privados, por eso usamos ese verbo, “publicar”. La primera posesión de muchos de mis amigos de la adolescencia y de la primera juventud fue su biblioteca. Nadie soñaba entonces, entre mis conocidos, con tener otra cosa, con tenerlo todo, bastaban los libros; y no por frugales (aunque muchos lo fueran), sino porque el conocimiento y el placer de la lectura y el placer de la conversación eran suficientes para defenderse de aquello que nos desagradaba, o nos hería, de este mundo. Tanto en el sentido al que se refiriera Pavese como en el sentido al que se refiriera Pascal.

Una editorial tiene, pues, una gran responsabilidad pública. Pero también la tiene privada: durante estos diez años hemos tratado de que todos los libros que llevaran nuestro sello estuvieran a la altura de los deseos, temores, aspiraciones y renuncias de los niños y adolescentes que fuimos en el pasado, y a la altura, también, de nuestros pequeños amigos de entonces; es decir, que fueran textos que consolaran unas veces y que provocaran (como decía Pasolini a partir de los evangelios de San Mateo)otras; textos que pudieran sobrevivir al tiempo para discutir en el tiempo y para disfrutar en el tiempo. Muchos de estos libros, por suerte, han contando con el apoyo de las librerías de Troa y de quienes están, de un modo u otro, tras ellas, así que no podemos sino mostrar aquí nuestro agradecimiento por ese apoyo fiel. Ojalá dure al menos otros diez, veinte, cien años más, como dura todo lo que merece la pena.

Un libro para celebrar los primeros diez años de la editorial Periférica.

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