La lista, de Frederick Forsyth

 

 

Desde el extraordinario éxito logrado con la novela Chacal en 1971, Frederick Forsyth (Kent, Reino Unido,1938) ha pasado a formar parte de del grupo de autores clásicos del género de intriga y espionaje, al lado de Ian Fleming y John Le Carré.

Sus obras posteriores, Odessa y El Cuarto Protocolo sobre todo, vinieron a confirmarle como figura destacada del mencionado género, algunas de cuyas novelas fueron llevadas al cine con los mismos  notables resultados de su producción narrativa.

 

Por Rafael Gómez

 

 

En su reciente  novela, La Lista, Forsyth demuestra que ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos. Desaparecida la Unión Soviética y la todopoderosa KGB, frente al MI6 y la CIA, parece evidente que el espionaje internacional ha cambiado de signo. Solo el terrorismo permanece y se cierne como amenaza constante, materializada en el dramático atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York y el Pentágono del 11 de septiembre de 2001.

El radicalismo islámico representado por Al Qaeda, ha tomado el relevo de manos del comunismo,  movido no por ideales marxistas sino por ideas religiosas atribuidas a su libro sagrado, El Corán. Con una curiosa variación, que Forsyth incorpora al libro que ahora se comenta: el atentado suicida. El terrorista ya no solo no intenta escapar, sino que se inmola una vez cumplido su objetivo.

En La Lista se plantean desde el principio los términos en los que va a transcurrir la peripecia narrada. En Washington, capital del Imperio, funcionan al máximo nivel los dispositivos centrales de la guerra contra el terror decretada por el ex presidente Bush y continuada por la actual Administración. Se trata de poderes en la sombra, que actúan coordinados con equipos especialmente entrenados para abarcar cualquiera de los  más apartados lugares del planeta.

Uno de esos equipos ha sido encomendado al mando de un veterano coronel del cuerpo de Infantería de Marina, Christopher ”Kit” Carson, alias James Jackson, alias “El rastreador”, nombre este último por el que es conocido en la jerga de los servicios secretos, hijo del general Carson que sirvió también en los Marines. De su padre aprendió desde muy joven el lema del cuerpo: “Semper fidelis”. Consigna que los dos repetían el encontrarse, de forma abreviada y en voz baja: “Semper Fi”.

La acción comienza cuando, un buen día,  “Kit” Carson encuentra en su despacho una nota escueta, autorizada con la firma del Presidente de la Nación, en la que se especifica:

El Predicador. Identificar. Localizar. Destruir.

Se pone en marcha el dispositivo destinado a eliminar sin más procedimientos legales, a cualquier persona que se considere un peligro para los ciudadanos o los intereses de los Estados Unidos en cualquier lugar del mundo. Algo así como la famosa “licencia para matar” de la que aparecía dotado el legendario James Bond. El problema para el coronel Carson no era tanto la última palabra de la nota: Destruir, como las anteriores: identificar, localizar. ¿Cómo hacerlo? ¿Dónde buscar?

Las actividades del llamado en clave “El Predicador” traían de cabeza desde hace tiempo a los grupos antiterroristas americanos y británicos. Se trataba de un fogoso y violento orador islámico, que llamaba por Internet a los jóvenes musulmanes de todo el mundo a la “Guerra Santa” contra el Imperio estadounidense. Ese país había sido considerado como el diabólico enemigo de Alá,  además de gran valedor del cristianismo; un pueblo agresivo al que era obligado atacar de forma ejemplar y contundente en defensa del sagrado Islam.

Los efectos de las soflamas del Predicador no tardaron en dar sus frutos de sangre y muerte. Los atentados suicidas se sucedieron de modo regular y constante en Europa y América. Se repetía el mismo esquema en todos los casos. Un joven estudiante árabe, con larga chilaba de color blanco que ocultaba el arma, disparaba contra su víctima a la vista del público y con gritos a favor del Islam.

Militares, políticos, autoridades, senadores o alcaldes habían muerto asesinados por los jóvenes enfervorizados a través de las palabras del oculto Predicador. Los más sofisticados sistemas de localización vía satélite habían fracasado en el empeño de localizar la fuentes de las proclamas lanzadas a través de Internet. El encargo transmitido al Rastreador parecía una misión imposible. El asunto cambia de rumbo cuando su propio padre, el general Carson, cae abatido por los disparos de un terrorista suicida. Al acudir a su lecho muerte las últimas palabras del herido a su hijo fueron: “Semper Fi”.

La escena resulta emotiva, según la describe el autor:

El hijo, con la cabeza vuelta hacia las estrellas dijo algo. El inspector Hall no llegó entenderlo. Lo que el Rastreador dijo fue:

Has convertido esto en un asunto personal, Predicador.

A partir de ese momento, la maquinaria se desencadena. Las ideas surgen ahora veloces en la mente del coronel Carson. Lo primero, Identificar al fanático islamista. Recibe la confidencia de un colaborador: Existe un joven genio del ciberespacio que, armado tan solo con un modesto ordenador portátil, es capaz de  introducirse en cualquier sistema o red por muchas claves secretas que se le opongan.

El chico, sin embargo, es problemático. Padece el síndrome de Asperger y de agorafobia. Apenas sale a la calle, permanece horas y días encerrado en su habitación frente a la pantalla de su ordenador. Carece de amistades, no practica deportes ni asiste a conciertos juveniles.

Su mundo empieza y termina en  el teclado de su portátil. Cuando el Rastreador visita a Roger Kendrick, el extraño y recluido informático, ignora cuál será su reacción. Para convencerle, el oficial utiliza todas sus armas y capacidad de seducción. Vestido con el uniforme, galones y medallas de coronel de Marines, apela al sentimiento patriótico del muchacho:

Roger, en alguna parte, escondido en el ciberespacio, hay un hombre que odia nuestro país. Le llaman el Predicador. Da sermones a través de la red, en inglés, pidiendo a la gente que se convierta a su credo y mate a ciudadanos estadounidenses. Mi trabajo consiste en encontrarlo y detenerlo, pero no puedo…es mucho más listo que yo. De hecho, se considera más listo que nadie…si lográramos averiguar dónde está, podríamos pararle los pies…

Roger, introvertido, tímido, tormento y angustia de sus padres, cumple su papel de buen americano y acepta el encargo. Naturalmente y como pago a sus servicios, recibirá de inmediato el equipo informático de última generación con él había soñado. Y naturalmente también, apenas en unos días cumple la primera parte de la misión encomendada al Rastreador: Identificar-localizar al Predicador.

De la tercer parte, la Destrucción, se encargarán ya las brigadas especiales anglo-británicas al mando del coronel Kit Carson desplazadas a Oriente Medio, donde operan impunemente las células islámicas dedicadas a la extorsión, el secuestro y el cobro de rescates  millonarios de personas raptadas en acciones piratas en los mares del ´Cuerno de África.

La experiencia narrativa de de Forsyth brilla en el relato de las aventuras protagonizadas por el Rastreador en su lucha por destruir al Predicador. Se trata ya de un empeño personal, que exige máxima prudencia, audacia imaginación y valor. Elementos que el autor acierta a combinar con precisión admirable y hábil manejo de los tiempos y de las emociones propias del género.

Los ambientes exóticos de los desiertos árabes y africanos cumplen la función de crear el clima tenso, emocional, preciso para mantener el interés hasta las últimas escenas, en las que los dos protagonistas, Rastreador y Predicador se enfrentan en lucha a muerte. Se acerca el final incierto que Forsyth resuelve de modo satisfactorio para la causa del bien, sin que falte el detalle emotivo:

El Rastreador pensó en su padre, en la cama de la UCI y se inclinó hacia adelante, hasta que sus labios quedaron justo encima de la poblada barba negra. Y entonces, susurró: “Semper Fi”, Predicador.

 

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