LOS BENEFICIOS DE LA LECTURA

Por Juan Luis Lorda Iñarra

Aprender a leer es abrirse la puerta de un universo y entrar a formar parte de esa “inmensa minoría”, como la llamaba con toda intención el poeta Juan Ramón Jiménez.

 

 

Desde hace años conservo una mala fotocopia de una magnífica fotografía de National Geographic. En ella aparecen las recias estanterías de madera de un monasterio tibetano sobre las que descansan unos curiosos paquetes que son escrituras budistas con fundas de tela para preservarlas del polvo. Los estantes no llegan hasta el suelo sino que comienzan a una distancia aproximada de un metro. La foto a doble página lleva este simpático comentario: “Con la esperanza de absorber la sabiduría de las escrituras budistas, sin leerlas, los peregrinos siguen la tradición de gatear bajo el montón de textos sagrados en el monasterio de Pelkor Chode en Gyangzé”. Y, efectivamente, entre los pilares de la estantería y en penumbra, se ve una hilera de personas que pasa agachada bajo los estantes, con los ojos muy abiertos como es propio de quien participa en una experiencia excitante.

La idea de “absorber la sabiduría de los textos sin leerlos” me pareció fascinante y me recordó al gran escritor argentino Jorge Luis Borges, tan amante de lecturas y de libros, y de sacar partido a imágenes y situaciones inverosímiles. Hubiera disfrutado mucho con la escena.

Hay actividades mucho más fáciles que leer. Y muchas otras pueden parecer, de entrada, más placenteras o atractivas; y, desde luego, menos esforzadas. La lectura tiene muchos competidores para los no iniciados y, en nuestros días, más por el aumento avasallador de las conexiones informáticas, que ha multiplicado los contactos, los juegos y las imágenes en circulación; beneficio cultural que también tiene sus costos. Leer es una actividad personal y solitaria que se ha vuelto un poco más difícil y un poco más solitaria. Los que caminaban bajos los libros tenían algo de razón. La sabiduría no se logra solo con la lectura, porque es necesaria mucha experiencia y meditación personal; y la vida no es solo leer. Pero hay un provecho importante que sólo se puede lograr leyendo.

Es frecuente lamentarse de que “cada vez se lee menos”. Es una de las muchas quejas que se repiten sobre el deterioro de la juventud, de la educación y del mundo en general. Pero las estadísticas demuestran lo contrario. En realidad, cada vez se lee y se publica más, en cifras absolutas y relativas, aunque siempre se trata de una minoría la que lee. Pero es una minoría que juega un papel muy importante, porque en gran parte, es la que mantiene viva lo más valioso de la cultura humana.

Aprender a leer es abrirse la puerta de un universo y entrar a formar parte de esa “inmensa minoría”, como la llamaba con toda intención el poeta Juan Ramón Jiménez. Por eso, una gran parte de la educación y de la transmisión de la vida intelectual tiene que ver con suscitar los hábitos de lectura. No sólo enseñar a leer, sino ayudar a encender el interés por la lectura.

Enseñar a leer se hace en los primeros años, incitar a leer forma parte de todo el itinerario de la enseñanza desde la educación familiar hasta la universitaria. Ese es el reto que hay que afrontar. Por eso merece la pena, repasar, primero, los beneficios de la lectura, para pensar, después, sobre cómo incitar a la lectura.

Los beneficios de la lectura

La lectura aporta por lo menos cinco enormes beneficios intelectuales, que merece la pena detallar.

1. En primer lugar, aumenta la capacidad de pensar y razonar, porque aumenta el vocabulario y las imágenes y ejemplos que puede manejar la inteligencia. Hay que tener en cuenta que la lengua es el primer y principal instrumento con que trabaja la inteligencia. La inteligencia no se reduce a la lengua, pero trabaja mucho con la lengua. La clave del pensamiento es el juicio, el poder decir algo sobre la realidad. Y lo que se puede decir sobre la realidad (lo que se puede pensar) depende totalmente del número y calidad de las palabras e imágenes que una mente puede manejar. Una mente que maneja dos mil palabras no piensa igual que una mente que maneja veinte mil. Miran el mismo mundo, pero no lo comprenden con el mismo discernimiento ni lo expresan con la misma riqueza. Con menos palabras el universo se ve mucho más borroso, como se vería una película que tuviera poca definición: no se distingue lo que hay en la imagen.

2. Además, la lectura da acceso a la información escrita, que es la más profunda y detallada, en la prensa, en las revistas o en Internet (que generalmente no es lo más profundo, a no ser que se sepa dónde buscar). Y también da acceso a los libros donde se deposita y se transmite el conjunto del conocimiento humano, con tres áreas principales: el pensamiento y el ensayo; la historia y la biografía; y las ciencias experimentales.

3. Aumenta la experiencia de la vida, con la experiencia de otros. Gracias a la lectura de novela o de biografías podemos vivir en situaciones y ambientes completamente distintos de los propios y así adquirimos perspectivas nuevas. Podemos ver el mundo como lo ve un anciano y un niño, una chica y un chico, un enfermo y un sano, y un antiguo soldado romano, una chica iraní del XVII o un general de la corte de los zares.

4. Nos facilita el contacto personal con lo que más saben y con lo que mejor han pensado. Un gran escritor, biógrafo e intelectual francés, Jean Maurois, comenta: “Nuestra civilización es una suma de conocimientos y de recuerdos acumulados por las generaciones que nos han precedido. No nos es posible participar de ella sino poniéndonos en contacto con el pensamiento de esas generaciones. El único medio de lograrlo y de llegar a ser un hombre culto, es la lectura; nada hay que pueda reemplazarla (…). Ningún hombre posee suficiente experiencia como para comprender a los otros y comprenderse a sí mismo (…) Los libros nos enseñan cómo otros, mucho más grandes que nosotros, también han padecido y buscado (…) son ventanales abiertos sobre los paisajes de otras almas y de otros pueblos”.

5. Acompaña en la vida y proporciona evasión y disfrute. La lectura es una gran compañía. No solo leemos para aprender, también leemos para disfrutar, emocionarnos, entretenernos e incluso para evadirnos, que es una necesidad del espíritu para aliviar las cargas de la vida y del trabajo. El novelista alemán Michael Ende refleja muy bien lo que puede ser una pasión por la lectura en muy temprana edad; “Quien no haya pasado nunca tardes enteras delante de un libro, con las orejas ardiéndole y el pelo caído por la cara, leyendo y leyendo, olvidado del mundo y sin darse cuenta de que tenía hambre o se estaba quedando helado […]. Quien no haya leído en secreto a la luz de una linterna, bajo la manta […]. Quien no haya llorado abierta o disimuladamente lágrimas amargas, porque una historia maravillosa acababa y había que decir adiós a personajes con los que había corrido tantas aventuras […] no podrá entender.

Matices sobre la bondad de la lectura

Pocas veces hace daño la lectura. A un joven le puede hacer daño un libro terrorista o demasiado ideológico o demasiado erótico o demasiado triste. Fuera de esto la lectura es siempre beneficiosa.

Es verdad que, como en todo, hace falta un poco de medida y equilibrio. La lectura puede convertirse en vicio cuando se desata la avidez incontrolada y se lee por leer, sin que alimente el espíritu, ni haya espacio para la meditación personal, pero no es frecuente. También hay que tener un poco de cuidado porque los grandes lectores suelen leer en la cama y robando horas, a veces muchas, al sueño. No vaya a suceder como al Quijote: “Él se enfrascó tanto en su lectura que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así del poco dormir y del mucho leer se le secó el cerebro, de manera que vino a perder el juicio”.

La lectura abre al saber, que es mucho, pero no lo es todo. Las personas no se hacen buenas solo leyendo. Es un fuerte testimonio en ese sentido el del gran crítico literario y también gran lector George Steiner, recordando los campos de concentración nazis: “La educación, la cultura filosófica, literaria, musical, no lograron impedir el horror. Buchenwald está a algunos kilómetros del jardín de Goethe. Al final de mi vida, ésa es mi pesadilla. […] Las bibliotecas, los museos, los teatros, las universidades, pueden prosperar perfectamente a la sombra de los campos de concentración. Ahora lo comprendemos: la cultura no nos vuelve más humanos. Incluso puede insensibilizarnos a la miseria humana” y en otro momento: “Era posible escuchar Schubert a la noche y torturar a un ser humano la mañana siguiente”.

Quizá Steiner usa aquí un concepto de cultura un poco restringido. La verdadera cultura es la que cultiva la persona. y en ella están incluidas las virtudes, como consideraba el humanismo clásico. Y la virtud más central de la personalidad humana es la justicia o la honradez. Ninguna actividad buena en sí misma hace a las personas buenas sin el cultivo personal de la justicia y de la honestidad. Ni el trabajo, ni el arte, ni la lectura. Todo puede ayudar, pero no es lo mismo. La lectura puede ayudar al saber, pero solo el ejercicio honesto de la propia libertad hacen a las personas justas. Esto no quita valor al importante papel de la lectura en la formación de una persona, pero lo pone en su sitio.

La iniciación a la lectura

Y ¿cómo interesar a la gente joven por la lectura? Existe toda una sección de las ciencias pedagógicas especializada en este punto, con mucha bibliografía sobre la iniciación en la infancia o en la educación primaria. También hay muchos consejos sensatos en distintos foros o colgados en las bibliotecas públicas, donde se dice, entre otras cosas, que los mejores iniciadores son los padres, cuando saben leer cuentos con sus hijos.

Bella experiencia. Todo el mundo conoce la paradoja que frecuentemente se presenta en los procesos educativos. Por un lado, conviene exigir algún tipo de lectura en los diversos cursos. Pero esto tiene un resultado ambivalente, porque mientras para unos es la ocasión de descubrir un nuevo universo y se aficionan a la lectura para siempre, en otros casos, convierte la lectura en una actividad penosa de la que hay que huir en cuanto se pueda. Y se consigue exactamente el efecto contrario.

¿Cómo aficionar a la lectura? Lo explica estupendamente el escritor catalán Joan Marsé: “El gusto por la lectura se transmite como se transmite el interés por una película: contándola bien. Hay que hechizar. Y por eso son tan importantes los maestros, porque son los encargados de desplegar el hechizo”.

¿Cómo hechizar? ¿Cómo despertar la fascinación y el interés? Ahí está el arte educativo que difícilmente se somete a reglas, porque afecta a una relación personal entre el profesor y sus alumnos. Y a unos, empezando por el profesor, les fascina una cosa y a otros, otra. Lo más claro de todo es que si se quiere encender hay que estar encendido. Un profesor entusiasmado por algo transmite el entusiasmo, aunque a veces tenga que poner un poco de interés para entusiasmarse o un poco más de énfasis para expresarlo. En la vida académica ha y que procurar ponerlo. Pero muchas veces no es necesario proponérselo. El que está entusiasmado, entusiasma.

Después, hay que facilitar el contacto con lo bueno. Hay que contar bien las cosas, como decía Marsé: hay que despertar el gusanillo de la curiosidad y del interés. Y quizá un chispazo de fascinación. En este sentido, Daniel Pennac, profesor de literatura en el bachiller, cuenta sus experiencias como profesor en el libro Como una novela (Anagrama); y como alumno torpe que solo tardíamente se inició a la lectura en Mal de escuela.

Hay muchos libros estupendos, en muchos casos ya muy consagrados. La llamada “literatura juvenil”, especialmente de los autores más clásicos, es el canon de lo mejor. Hay libros consagrados para todas las edades, para la infancia, para la adolescencia y para la juventud; y en esto basta guiarse por la experiencia, que es muy abundante. Pero un profesor no debería recomendar lo que no ha leído, porque no puede estar seguro de si se adapta o no a lo que el alumno necesita o a lo que le gusta. No hace falta una lista muy grande que podría ser en sí misma, una dificultad. Con manejar y recomendar veinte buenos libros, en cualquier materia, es suficiente. Aunque conviene mantener la lista abierta e ir renovándola de acuerdo con la experiencia propia y la de los alumnos. En esto también hay que poner un poco de interés para hechizar.

Clásicos antiguos y modernos

Hay un concepto literario de los “clásicos” que los identifica sólo con autores antiguos. Esto les puede dar, a veces, un tono difícil y distante. Pero no tiene por qué ser así. Ciertamente hay “clásicos” en este sentido que pueden ser apasionantes para un joven y quizá dejarle una huella para toda la vida. Así sucede, con la Ilíada o la Odisea, de Homero, la Guerra de las Galias, de Julio César, la Vida de los Doce Césares de Suetonio, o la Anábasis de Jenofonte, por señalar algunos ejemplos. Son libros suficientemente apasionantes como para interesar a un joven. Pero se necesita una capacidad de lectura y de salvar la distancia cultural que marca el tiempo, que no todos tienen de entrada.

En un sentido más amplio, son clásicos en cada materia los libros consagrados, que los expertos consideran imprescindibles (habiéndolos leído) y cuentan con el favor repetido del público. Esta doble opinión favorable constituye un “clásico” en este sentido más amplio.

No basta la opinión de expertos, que, a veces, pueden tener el gusto demasiado “especializado”, precisamente por lo mucho que han leído. Se necesita también comprobar que, efectivamente, llegan a un público más general. Y esta doble aprobación es la garantía de una cierta permanencia, de una cierta inmortalidad en la memoria cultural.

Así, y no con maniobras ideológicas o mercantiles, es como se constituyen en cada materia, el canon de los libros imprescindibles.

Cualquiera que haya calculado lo que lee en un año y lo que puede leer en toda su vida, habrá llegado a la conclusión de que tiene que ser selectivo, y no dedicar tiempo a lo primero que se le presenta. Hay que buscar como un tesoro esos clásicos que han alcanzado el favor de entendidos y público y protegerse un poco de las novedades que suelen estar sometidas a maniobras publicitarias.

Para terminar valdrían estas palabras de Borges: “Que otros se jacten de las páginas que han escrito. A mí me enorgullecen las que he leído”.

1 Star2 Stars3 Stars4 Stars5 Stars (2 votes, average: 5,00 out of 5)
Loading ... Loading ...

Dejar una respuesta

Please note: comment moderation is enabled and may delay your comment. There is no need to resubmit your comment.


− 3 = 1