Los domingos de un burgués en Paris, de Guy de Maupassant

Por Pilar de Cecilia

En el siglo XIX, antes de que se impusiera en Europa la costumbre del fin de semana como periodo de ocio, el domingo era el día dedicado al  descanso semanal. Sin embargo, sobre todo las tardes invernales, oscuras y lluviosas, eran temidas por considerarlas aburridas e interminables.

Al menos así parece que debieron ser las jornadas de este personaje, prototipo de pequeñoburgués parisino y solterón, tan genialmente bien perfilado por el autor de esta deliciosa y divertida novela.

El señor Patissot, de estudiante poco aprovechado llegó a convertirse en funcionario  del Estado de cuarta clase y eso, gracias al providencial “enchufe” conseguido a través de una de sus tías, propietaria del estanco en el que un jefe de sección solía comprar su tabaco.

La historia de sus lentos y dificultosos ascensos está narrada con un ingenioso humor, cuyos pormenores ponen de manifiesto lo poco que cambian algunas situaciones burocráticas, por muy diferentes que sean los tiempos y lugares donde se localicen.

Después de esta introducción humorística dedicada al trazado de su perfil laboral, que sirve como planteamiento temático, el lector se encuentra ante un nudo argumental formado por las actividades del protagonista a quien, ya con más de cincuenta años y elevado a la categoría de funcionario de primera clase, el médico le recomienda alimentación moderada y mucho ejercicio para prevenir el riesgo de sufrir congestión pulmonar.

Aterrado y siempre obediente, el Sr. Patissot se dispone a cumplir las estas indicaciones con tanta meticulosidad como ignorancia en cuanto a la práctica del ejercicio físico se refiere. Descartado el boxeo, tras sufrir un impacto en la nariz y la esgrima, por exceso de agujetas, se limita a los paseos a pié, precursores de lo ahora llamamos senderismo.

La obra describe los avatares ocurridos durante diez de esas excursiones dominicales, todas guiadas por la misma buena intención pero que en general, no producen los  resultados apetecidos, al menos en lo que al cuidado de la salud física se refiere. Con sutil ironía, Maupassant, todavía,  con treinta años,  en los comienzos de su carrera como escritor,dibuja cuadro social de Francia muy certero, focalizado a través de la ingenua e inexperta mirada del buen ciudadano Patissot.

A medida que se avanza en la lectura, es difícil decidir cuál de sus aventuras resulta mejor concebida y contada, dentro de unos rasgos comunes de acusado realismo de fondo y de riqueza imaginativa en los detalles de forma. Los personajes con los que el paseante se encuentra forman una galería de tipos humanos tan variopinta como reconocible y la ambientación, a pesar de los cambios impuestos por el transcurso de los años, permite a cualquiera introducirse en ella como espectador sin mucho esfuerzo.

En efecto, el lector no puede dejar de sonreir al pensar en los sentimientos con que el pobre burgués parisino, vuelve a su modesta vivienda, cuyas ventanas dan a un patio interior, al dar por terminados sus esfuerzos por disfrutar de la naturaleza, en su esplendor primaveral. Incluso no sería raro que se le escape alguna carcajada, sobre todo cuando a la feliz absorción  del aire limpio y perfumado de la campiña, Parissot intenta incorporar alguna romántica compañía femenina, o cuando, en el camino de la estación de tren, tropieza con una asamblea de feministas.

La obra, publicada por entregas a lo largo de 1880 en el periódico Le Gaulois, no se cuenta entre los  títulos más conocidos de Guy de Maupassant (1850-1893) como es el caso de Bel Ami o El Horla,  pero aún así acredita, además de una muy notable calidad literaria, la frescura de lo vivido, ya que en la década de 1870, el autor trabajó como funcionario en distintos departamentos de la Administración francesa.

Su intención al escribir su relato, podría haber sido reírse de aquella experiencia funcionarial, que se adivina no muy envidiable, no a través de sí mismo, después de haberse librado de ella sino celebrar el hecho de haber escapado a tiempo del riesgo de convertirse en la patética figura de un Sr. Patissot más.

En todo caso, parece difícil de  imaginar, conociendo cómo transcurrió la corta vida de Maupassant, que llegara a transformarse  en un personaje como el inefable Monsieur Patissot, al que el propio describe así:

“Era un hombre lleno de esa sensatez que linda con la estupidez. Vivía tranquilo desde hacía mucho tiempo, modestamente, ahorrador por prudencia, casto por temperamento..”

 

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Comentarios en la web

  1. María dice:
    Está muy bien escrita y es amena, con sentido del humor, que en algunos casos puede llegar a la carcajada; como por ej. el capítulo de la pesca. No es para todo público.Decribe muy bien a los personajes, su psicologia, según sean de una nación u otra.Publico que quiere algo más que pasar el rato con la lectura

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