Matar a Kennedy, de Bill O`Really y Martin Duggard

 

 

El día 22 de noviembre de 2013 se cumplen los  cincuenta años del asesinato del presidente John F. Kennedy, ocurrido en Dallas (Texas) el año 1963. La víctima fue abatida por los disparos del francotirador Lee H. Oswald oculto en la ventana de un almacén de libros.

 

Por Rafael Gómez.

Se trata sin duda de uno de los acontecimientos del siglo pasado que mayor impacto causaron en la opinión pública dentro y fuera de los Estados Unidos. Debido a una serie de circunstancias de diversa índole, fueron aquellos unos momentos dramáticos que han permanecido fijos en la memoria de millones de ciudadanos, que los presenciaron en directo, o bien en diferido, a través de las pantallas de televisión.

Los periodistas Bill O´Reilly y Martin Duggard, ofrecen ahora una extensa y detallada crónica de aquellos sucesos que permite revivir el episodio desde sus orígenes hasta el triste desenlace final. El reportaje desarrolla de forma paralela la trayectoria vital de los dos actores principales de la tragedia. En el lado oscuro aparece  Lee H. Oswald, el retorcido ejecutor, que solo busca el momento de hacer pagar a los demás la amargura de sus propios fracasos. En el lado luminoso, John Kennedy encarna la figura del joven héroe predestinado a la gloria. Idolo de las nuevas generaciones, se  esperaba de él un nuevo estilo, un cambio radical tanto en el modo de gobernar como en las formas, accesibles, directas, desprovistas de la rigidez ampulosa y distante de épocas pasadas.

Las esperanzas parecen cumplirse el mismo día de la investidura del candidato vencedor en las pasadas elecciones. Una fría mañana de enero de 1961 Kennedy jura el cargo ante el presidente del Tribunal Supremo, Earl Warren. Le rodean emocionados  familiares, amigos y colaboradores. Su atractiva y elegante esposa, Jackie, observa  al marido con gesto de felicidad. Junto a ella se encuentra Bobby, hermano del presidente, convertido desde entonces en su más directo colaborador y consejero.

El vicepresidente, Lyndon Johnson, escucha con atención las solemnes promesas de Kennedy con la mano alzada ante la Biblia.

Finalizado el solemne acto, el nuevo mandatario saluda al saliente, el prestigioso y  laureado general Dwigt D. Eisenhower. Los autores recogen así el encuentro de los dos personajes:

Se sonríen cordialmente pero la mirada de ambos es dura como el acero …Kennedy es el presidente más joven elegido jamás.

Eisenhower  es el más viejo. La gran diferencia de edad entre ambos representa la distancia entre dos generaciones de estadounidenses, así como la que media entre dos visiones del país.

Por si quedaba alguna duda sobre los cambios radicales que se avecinan, el discurso inaugural de legislatura las despejará ante el escándalo de los veteranos y el entusiasmo de los noveles. Quedan para la historia las conocidas frases del presidente que, en lugar de hacer promesas sobre las maravillas de su programa, reclama la ayuda de sus conciudadanos que le escuchan en silencio:

No se pregunten qué puede hacer su país por ustedes, pregúntense qué pueden hacer ustedes por su país.

Muy pronto, graves y urgentes problemas ponen a prueba la capacidad de los nuevos equipos de gobierno a las órdenes de Kennedy. Los movimientos de refugiados cubanos, exiliados por el recién instaurado régimen castrista, se proponen invadir la isla y para ello solicitan la ayuda logística y técnica del ejército americano. Las dudas asaltan al mandatario que, finalmente, presionado por los militares aprueba una operación tan mal desarrollada que acaba en un rotundo y humillante fracaso.

El prestigio de Kennedy resiste el envite pero queda afectado. Un error más y el panorama se tornaría oscuro para los recién llegados. A partir de entonces se deberá extremar la prudencia. Cada una de las decisiones se ven sometidas a informes precisos, criterios contrastados y agotadores consejos en los despachos de la Casa Blanca.

A medida que los autores precisan en su obra los rasgos del perfil humano, psicológico y político de Kennedy,  aparece también las trazas que definen a su futuro asesino, Oswald, quien, tras desertar del ejército americano, movido por sus ideas comunistas, ha sido admitido como ciudadano de la Unión Soviética y trabaja como obrero en una fábrica de Minsk.

Contrae matrimonio con una joven rusa y, harto de penurias y falto de alicientes, solicita de la embajada de los Estados Unidos la habilitación de un pasaporte para regresar a su país. En octubre de 1962 se encuentra ya en Dallas, junto a su mujer con la que mantiene tumultuosas relaciones en las que los golpes y malos tratos alternan con breves intervalos de relativa tranquilidad.

En esas mismas fechas se va a desarrollar uno de los incidentes más graves de los planteados a la administración Kennedy. Los aviones espía americanos ha fotografiado medio centenar de plataformas de misiles de alcance medio emplazadas en el noroeste de Cuba, la zona más próxima a Florida. Las obras, ordenadas por Nikita Kruschev, prosiguen a ritmo acelerado.

Los misiles, una vez armados de sus correspondientes cabezas nucleares, tendrían fácil acceso a extensas regiones del territorio de los Estados Unidos. En caso de conflicto el número de víctimas calculado por los expertos podría alcanzar entre los cincuenta u ochenta millones de personas.

El gabinete del presidente Kennedy se  reúne para evaluar los datos y adoptar las decisiones oportunas en jornadas agotadoras y gestiones diplomáticas aceleradas con las autoridades de la Unión Soviética, dispuestas, con Kruschev a la cabeza, a concluir los trabajos ya realizados.

Además, una flota de buques soviéticos navega por el atlántico rumbo a los puertos cubanos en los que se proponen descargar su mortífera carga atómica. Las órdenes de Kennedy a sus fuerzas armadas, comunicadas a los dirigentes soviéticos, son tajantes: si los navíos soviéticos traspasan el límite señalado, serán interceptados y hundidos, al tiempo que la isla de Cuba sufriría la devastadora acción de los  bombarderos que atacarían los objetivos militares y las plataformas de misiles.

Ante el ultimatum, el pulso del mundo se detiene: la guerra nuclear tendría unas consecuencias tan devastadoras como imprevisibles. Sin embargo, esta vez la firmeza del presidente de los Estados Unidos logrará una sonada victoria sobre la Unión Soviética. Los buques rusos dan media vuelta y regresan a sus bases, mientras las instalaciones de misiles se desmantelan.

Desde su refugio de Dallas, Oswald ha seguido con gran interés el desenlace de la crisis. Furioso ante la humillación infringida a sus camaradas comunistas, promete venganza. Los norteamericanos pagarán por esto y será él quien se encargue de hacer justicia. Habrá de ser algo sonado y espectacular que conmueva al mundo y demuestre la fuerza del proletariado que él cree representar.

Después del primer intento, un atentado fallido contra el general Ted Walter sobre el que disparó sin éxito en la primavera de 1963 , Oswald no abandona su proyecto. Se informa, a través de la prensa, de la próxima visita del presidente Kennedy a Dallas programada para el mes de noviembre de ese mismo año 1963. Ultima los detalles y anota cuidadosamente el recorrido de la comitiva. Esta vez no fallará. Desde la ventana de un piso en obras que pertenece a la librería en la que trabaja, ensaya una y otra vez las líneas de tiro y la rápida secuencia de disparo necesaria para alcanzar el objetivo. Los planes se cumplen y el mal, representado por Lee H.Oswald,  gana la partida al bien que encarna el presidente John F. Kennedy, caído de modo fulminante sobre los asientos del coche descubierto en el que recibía el entusiasta homenaje de los ciudadanos.

La tensión acumulada a lo largo del relato cobra especial intensidad en las páginas finales. Los autores que, además de la extensa y precisa documentación sobre los hechos, han logrado transmitir las emociones del magnicidio con la técnica del más apasionante relato novelado, han repetido el éxito logrado por su anterior volumen Matar a Lincoln. En él reproducen los últimos meses del también asesinado presidente Abraham Lincoln, separados ambos sucesos  por algo más de un siglo(1865-1963). Acontecimientos lejanos, pero unidos por la común sensación de que esas muertes provocaron graves consecuencias en la política del país que, solo al cabo de muchos años recuperó el equilibrio alterado por la acción de unos perturbados criminales.

 

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