Muerte en las islas, de Jean-Luc Bannalec

Por Rafael Gómez

Tanto los argumentos como los personajes de las novelas policiacas han experimentado en los últimos años cambios substanciales que introducen nuevos elementos, junto a los ya conocidos en los autores clásicos del género.

Se mantiene, como es de rigor, el núcleo central que define el rasgo original de la intriga: el crimen, uno o varios, que el personaje principal, se llame inspector, comisario, detective oficial o privado, deberá resolver. Las  novedades introducidas, se refieren, tanto al papel asignado al protagonista, como al entorno de las relaciones profesionales, humanas y ambientales que le rodean.

Muerte en las islas ofrece una acertada síntesis de tradición y novedad en un caso de múltiple asesinato encomendado al comisario George Dupin.  Junto a él  intervienen, por un lado,- el tiránico “Prefecto” local y por otro, colegas de su mismo rango y jóvenes subordinados, novatos de dudosa competencia.

Dupin es un ”poli” veterano. Vive solo, aunque mantiene una lejana relación femenina sin demasiado futuro y se dispone a recibir la inquietante vista de una madre exigente. Su dependencia de la cafeína le obliga a proyectar sus actividades en función de los establecimientos donde la expenden con las suficientes garantías de sabor, calidad y fuerza. Tampoco desdeña el buen yantar, regado con vinos de origen garantizado.  Impaciente, desconfiado e irascible, debía atemperar su carácter que le impulsaba a rechazar las sugerencias de subordinados molestos. Un rasgo de nobleza: cuando se excedía en su mal humor  sabía pedir disculpas al ofendido.

La ambientación escénica de las islas cobra en el relato un especial significado, hasta el punto de influir de forma decisiva en el devenir de los acontecimientos. Los hechos suceden en torno al paisaje privilegiado, mar y tierra de las islas atlánticas francesas situadas frente a las costas de Bretaña. En una de sus maravillosas playas aparecen una mañana los cadáveres de tres personas sin identificar. El comisario se dirige al lugar en la patrullera de la policía.

“El archipiélago se alzaba ante ellos como un espejismo. Las islas, alargadas y llanas, parecía flotar como por arte de magia en el mar opalino, un poco difuminadas y rutilantes. Las rutilantes islas Glénan”…

“Ya a esa hora, a las diez de la mañana, el sol brillaba deslumbrante en el cielo y los últimos restos de una neblina plateada se perdían progresivamente en el horizonte”

A bordo de la veloz patrullera, el comisario no disfrutaba del paisaje ni admiraba los efectos de luces y sombras surgidos entre el mar y una tierra agreste, cada vez  más próxima. En primer lugar le aguardaba  la tarea, siempre ingrata, de informar sobre los tres cadáveres que yacían en la arena. Además, y tal vez lo más importante, era que los niveles de cafeína quedaban muy por bajo de sus necesidades vitales. ¿Dónde y cuándo habría de encontrar remedio a esa carencia?. Las perspectivas resultaban, por el momento, muy dudosas.

Llegados al lugar donde se encontraban los cadáveres, las primeras impresiones fueron negativas. Los cuerpos no llevaban documentos que permitiera una rápida identificación. El forense tampoco se mostraba explícito sobre las causas de la muerte y Dupin necesitaba con urgencia varias tazas de café bien cargado.

Después de localizar el bar restaurante “Les quatre vents” regentado por la señora Nuz y sus hijas, en una isla  de mayor tamaño, estableció el centro de operaciones en el salón-comedor, ya reconfortado por varias tazas de buen café. Las primeras pesquisas no tardaron en dar resultados. Las víctimas fueron identificadas y las circunstancias de su muerte  quedaron aclaradas en los informes que forenses y analistas proporcionaron al comisario gracias a los adelantados medios informáticos, inaccesibles para otros detectives tan famosos como Sherlock Holmes o Hércules Poirot.

Las piezas, con alternativos avances y retrocesos, broncas y disgustos con el señor prefecto y sus inmediatos colaboradores, empiezan a encajar  Dupin analiza datos, reflexiona y obtiene conclusiones…

El novelista alemán, entusiasta de las islas Glénan, Jörg Bong (Berlín,1966) oculto bajo el pseudónimo de Jean-Luc Bannalec ha logrado, con los divertidos episodios del comisario francés George Dupin, un gran éxito editorial. Algunas de sus aventuras han sido llevadas a la pequeña pantalla en una popular serie televisiva.

 

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Comentarios en la web

  1. Clara dice:
    Me ha gustado mucho.Entretenida.Bien ambientada .Con una trama trabajada,que como en el anterior libro no se sabe la solución hasta el final.El inspector es simpatico y los personajes te resultan cercanos.
    Bretaña una vez es un ambiente que se describe con detalle
  2. dice:

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