Pilar Guembe y Carlos Goñi “Es que soy adolescente”

Pilar Guembe, psicopedagoga y profesora y su marido, Carlos Goñi, profesor de Filosofía en secundaria y bachillerato y escritor, han publicado recientemente un libro titulado “Es que soy adolescente”. Los autores, desde su experiencia como padres de dos hijos y de su profesión docente, ofrecen en esta obra un conjunto de sugerencias prácticas sobre el mejor modo de ayudar a hijos y alumnos a superar con éxito, en el momento actual, los años de adolescencia, esa difícil etapa vital del tránsito desde la infancia a la edad juvenil.

Una adolescencia vivida de forma reprimida, ¿marca para toda la vida en sentido de impedir la madurez plena en la edad adulta? Si por reprimir entendemos no dejar que se desarrolle el yo que el adolescente lleva dentro, sin duda puede frustrar una vida futura, porque la adolescencia no sólo es una etapa de transición, sino mucho más que eso: en ella se ponen los cimientos de la vida adulta. No se trata de que la adolescencia pase lo antes posible, sino de aprovechar esta etapa para encauzar la rebeldía que es natural a este momento vital. No es cuestión de reprimir, sino de educar.

¿Cómo encontrar el equilibrio entre no quitar obstáculos al adolescente y ayudarle a superarlos? Educar no consiste en quitar obstáculos sino en enseñar a superarlos. Como los monitores de esquí, que enseñan a sus alumnos a caer porque saben que lo van a hacer muchas veces a lo largo de su aprendizaje y de su práctica, los padres tenemos que enseñar a nuestros hijos a superar pequeñas caídas, frustraciones, desengaños, reveses… Si no lo hacemos, cuando tropiecen por vez primera, les costará muchísimo levantarse. Tenemos que estar a su lado, pero no sustituirlos, y poco a poco ir alejándonos.

Enseñar a no someterse a la dictadura del espejo, ¿no supone un problema para una madre que necesita conservar un aspecto cuidado? El espejo es el gran confidente de los adolescentes. La razón es que tienen una excesiva preocupación por el cuerpo. Es algo comprensible, pues su cuerpo (que ha sufrido grandes cambios en poco tiempo) se ha convertido de pronto en su carta de presentación social y en el reflejo de su personalidad. La dictadura del espejo puede llevar a un adolescente a la obsesión, máxime si está potenciado por el modelo familiar. Un ejemplo educa más que mil palabras. Una madre o un padre obsesionados por su físico trasmitirán esa misma obsesión. Eso no significa que no debamos cuidar nuestra imagen, al contrario, pues la educación en el cuidado del aspecto externo es muy importante. No estamos jugando en el campo de la estética, sino en el de la formación del carácter. Los adolescentes se miran mucho al espejo pero no ven lo que los otros ven: hemos de ponerles otro espejo para que vean el reflejo de su reflejo. Un tipo de ropa puede significar para ellos comodidad, pero puede ser interpretado de muchas otras maneras por las personas que están a su alrededor.

¿La transpiración de valores es por sí misma eficaz dada la poca atención que los adolescentes dedican a sus mayores? La única forma de transmitir valores es viviéndolos. Si hemos conseguido que nuestros hijos los interioricen, cuando lleguen a la adolescencia, momento en que se sumergen en sí mismos, los encontrarán. De cualquier forma, aunque nos parezca que “pasan” de nosotros, se fijan mucho más de lo que pensamos y su vara de medir es nuestra coherencia o incoherencia.

¿Es bueno ir preparando al preadolescente ante lo que significa la adolescencia?¿Es mejor adelantarse a los acontecimientos o esperar a que se hagan realidad? Por supuesto: más vale llegar un año antes que un minuto después. Pero los que realmente debemos estar preparados somos los padres, para tener la serenidad necesaria que esta etapa requiere. Hemos de entender que un adolescente no puede actuar de una forma estable, madura y calmada, porque, entonces, no sería una adolescente. En esta etapa, hemos de renunciar a enjuiciar y conjugar los verbos comprender, ayudar y desaparecer.

¿No etiquetar para no precintar puede producir ambigüedad al correr riesgo de indefinición? El verbo “ser” califica o descalifica de manera radical: “qué le voy a hacer si soy travieso o soy vago”, piensa el niño o el adolescente si hemos abusado de un verbo tan categórico; mientras que el uso del “estar” baja al nivel de las circunstancias, de las situaciones concretas, del comportamiento: “estoy vago, pero no lo soy”, es una forma radicalmente diferente de funcionar por la vida. Por eso, los padres debemos usar el “ser” para lo positivo y el “estar” para lo mejorable. Hemos de cambiar el dilema de Hamlet, “ser o no ser”, por el de “ser o estar”. Tenemos que decidir entre encasillar a los hijos, se entiende en categorías negativas, o de advertirles que están insoportables, maleducados, torpes, aburridos…, pero no que lo son.

Por Pilar de Cecilia (Troa Fundación)

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