Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez, cumple 100 años

 

 

 

· Centenario de la publicación de Platero y yo, obra cumbre de Juan Ramón Jiménez

· El centenario se celebra en 2014 aunque la obra completa salió a la luz en 1917

· Moguer trabaja en una edición conmemorativa y extraordinaria

 

 

 

Por Teresa de  Urberuaga

 

 

Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto y se va al prado y acaricia tibiamente, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente: ¿Platero?, y viene a mí con un trotecillo alegre, que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

Así comienza Platero y yo, una de las obras literarias más conocidas de las letras españolas y máxima expresión de belleza de la narrativa lírica contemporánea. Nadie duda de que la calidad y profundidad del texto fueron decisivas para la concesión al poeta de Moguer del Premio Nobel de Literatura, en  1956. Muchos críticos la consideran una novela capital de la literatura española.

Un libro infantil que deberíamos releer los adultos

Es muy posible que todos nosotros recordemos este título como una de las obras de obligada lectura en el colegio y, por tanto, que en la actualidad la hayamos relegado al olvido. Sin embargo Juan Ramón Jiménez (1881-1958) no concibió este extenso poema en prosa como una obra dirigida exclusivamente a un público infantil, aunque aceptó que se destinara su lectura a los niños.

No en vano, el famoso poeta onubense  pensaba que  «a los niños no hay que darles disparates para interesarles o emocionarles, sino historias y trasuntos de seres y cosas reales tratados con sentimiento profundo, sencillo y claro».

En un ensayo publicado hace unos años, el escritor  J. M. Coetzee, premio Nobel de Literatura en 2003, se lamentaba de que la industria del libro comercializara Platero y yo  como un libro para niños y opinaba que era mucho más apropiada para adultos.

En la obra hay mucho que un niño impresionable a duras penas podrá soportar y, además, mucho que supera el ámbito de interés de los niños, opinaba el reconocido autor sudafricano. Destacaba, sin embargo, que Juan Ramón Jiménez, siendo un poeta de gran sensibilidad, no ha perdido el contacto con la inmediatez de la experiencia de la infancia.

Lo cierto es que en las páginas de Platero y yo se plasman las impresiones de la vida de Moguer, el pueblo natal de Juan Ramón, a principios del pasado siglo.

Y lo hace sin eludir una cierta crítica social. Son estampas en las que el poeta va retratando -con delicada sutileza, mezclando realismo e idealismo- tanto las cosas hermosas del entorno moguereño como las injusticias, la pobreza, ignorancia e incluso crueldad de sus gentes.

Como recordaba Coetzee, en Platero y yo leemos sobre una yegua vieja y ciega a la que sus propietarios ahuyentaron pero que insiste en volver, enojándolos hasta el punto de que la matan a palos y a pedradas. Sin embargo, Juan Ramón dice a su burrito: cuando mueras no te abandonaré al borde del camino sino que te enterraré al pie del gran pino que amabas.

Yo trato a Platero cual si fuese un niño… Lo beso, lo engaño, lo hago rabiar… Él comprende bien que lo quiero, y no me guarda rencor. Es tan igual a mí, tan diferente a los demás, que he llegado a creer que sueña mis propios sueños.

De vez en cuando, Platero deja de comer, y me mira… Yo, de vez en cuando, dejo de leer, y miro a Platero…

Un éxito inmediato y un libro con valores

La publicación de la primera edición de Platero y yo fue un éxito de ventas inmediato y se tradujo rápidamente a treinta idiomas. En poco tiempo, alcanzó fama internacional y la obra fue decisiva para que, años más tarde, su autor fuera galardonado con el premio Nobel de Literatura.

Cierto es que se enmarca en el modernismo, estilo impulsado por Rubén Darío y que gozó de gran éxito en el primer tercio del siglo XX,  pero que en la actualidad puede resultar recargado para un público poco lector.

Pero la esencia del libro sigue intacta a pesar de su centenario. Platero y yo transmite ternura, belleza, idealismo, trascendencia… y fomenta valores como la amistad, sinceridad, respeto o generosidad. Y lo cierto es que el afamado autor andaluz siempre consideró y reivindicó que los valores morales forman parte de los componentes estéticos de pureza y rigor.

El caso es que  la exquisita novela de Juan Ramón -llena de  metáforas,  de palabras inventadas o exclusivas del léxico andaluz-  está traducida en la actualidad a 48 idiomas, incluidos el esperanto y el braille.

En definitiva, el intimista relato de la vida y muerte del burrito Platero, de las costumbres de la rústica aldea de Moguer, ha cautivado a millones de lectores de todo el mundo -no solo infantiles- y vendido un extraordinario número de ejemplares. Platero y yo fue, en su día, un “best seller” y, algo que es mucho más importante, sigue siendo uno de los libros más vendidos en el mundo.

Su autor

Nació el  23 de diciembre de 1881 en la localidad onubense de Moguer.  Era el más pequeño de una familia acomodada.  A los quince años comenzó a escribir poemas y, posteriormente, abandonó sus estudios de Derecho para dedicarse a la poesía. Conoció a los escritores más influyentes de su tiempo, como Rubén Darío, Valle-Inclán, Unamuno, Manuel y Antonio Machado, José Ortega y Gasset, Pío Baroja y Azorín.

Por carácter, era una persona muy exigente consigo misma y también para con los demás. Leía muchísimo y de todo: narrativa, poesía, filosofía… Y escribía, sobre todo poemas. Al principio, en su juventud,  sus “musas literarias” fueron Bécquer y Espronceda, romanticismo de amores imposibles, sueños y melancolía, temores, anhelo de perfección…

En 1911 Juan Ramón se marcha a vivir a Madrid para estar en contacto con las ideas y los poetas importantes de aquel momento. También conoció allí a Zenobia Camprubí Aymar, de quien se enamoró perdidamente. La joven  hablaba y traducía perfectamente el inglés, ya que había pasado varios años en Estados Unidos. Ambos colaboraron juntos en varias traducciones del inglés al español del poeta Rabindranath Tagore.

Eran dos almas opuestas: ella,  práctica, alegre y emprendedora; él, melancólico, ensimismado, inseguro. Pero se habían enamorado y se casaron en Nueva York el 2 de marzo de 1916.

Regresaron de inmediato a España y el matrimonio estableció su residencia en Madrid, donde Juan Ramón trabajó sin descanso en sus propias obras y en traducciones,  hasta el punto de que casi no quería salir de casa ni tener visitas. Fueron dos décadas de entrega completa a lo que Juan Ramón llamó  «trabajo gustoso», mientras se ganaba la antipatía de muchos intelectuales y artistas que llegaron a considerar que era un pedante intransigente que vivía de espaldas a la realidad.

Sin embargo, al comienzo de nuestra guerra civil, Juan Ramón fue amenazado varias veces y temió por su vida. En agosto de 1936 marchó con su mujer a Estados Unidos. Los siguientes veinte años, el matrimonio  vivió en Cuba, Estados Unidos y Puerto Rico.  Nunca regresaron a España pero Juan Ramón no dejaba de pensar en su patria; una patria que, como a Miguel de Unamuno, le dolía. En aquella época, estuvo varias veces ingresado por depresión en hospitales de Estados Unidos y Puerto Rico.

El 25 de octubre de 1956, tres días antes de la muerte de Zenobia, le fue otorgado el Premio Nobel de Literatura. Poco después murió, el 29 de mayo de 1958. Los féretros de ambos fueron trasladados desde Puerto Rico al cementerio de Jesús de Moguer.

 


 

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