Serrano Suñer, valido a su pesar, de Ignacio Merino

 

 

 

Ramón Serrano Suñer (Cartagena, 1901-Madrid, 2003) puede ser considerado, con razón, uno de los personajes más fascinantes, controvertidos, sagaces y decisivos de la historia de España en el s. XX.

Figura clave, tanto más admirable si tenemos en cuenta que su buena estrella duró a apenas los cinco años que van entre 1938- 1942 y que después no volvió nunca a brillar en el firmamento de la política española, salvo como una discreta referencia de oposición al gobierno apenas manifestada en contadas ocasiones.

 

Por Rafael Gómez

 

 

 

Aparece ahora, cuando se cumplen los diez años de su muerte, una particular versión sobre los rasgos distintivos, el carácter y modos de actuar de Serrano Suñer durante los cinco años en que fue el hombre más poderoso y temido  de la política española. Convertido en mano derecha, consejero y asesor de Franco,  ejerció una gran influencia sobre  el  general, seducido por su espíritu refinado,  extraordinaria cultura, amable trato, conocimientos jurídicos y patriotismo.

Ignacio Merino tuvo  ocasión de conocerlo  en los últimos  años de su dilatada existencia y establecer con él una corriente de simpatía que le permitió profundizar en la psicología del personaje. Pudo así  realizar con él una serie de entrevistas de las que obtuvo datos de inapreciable valor, algunos de ellos marginados por historiadores y biógrafos que han equivocado las fuentes, admitido versiones sesgadas o no siempre bien intencionadas.

Su obra aporta detalles de gran valor para situar al personaje en su contexto social, familiar, profesional y político. De familia acomodada, su padre fue ingeniero de caminos- jefe de las obras del puerto de Cartagena y hombre de ideas liberales, cuidó de sus hijos al fallecer la madre  prematuramente. Rompe la tradición paterna y prefiere los estudios de Derecho como un modo de servicio a la sociedad, idea en la que coincide con otros jóvenes de su generación como José Antonio Primo de Rivera, amigo íntimo además de compañero de estudios.

Eran aquellos tiempos difíciles, con una monarquía en crisis, una dictadura controvertida y una República recibida con  esperanza , que no tardó en defraudarlos debido a su radicalismo y debilidad ante los extremismos. Licenciado con brillantez, no tarda en ganar las oposiciones al cuerpo de Abogados del Estado con sucesivos destinos en Castellón y Zaragoza. La suerte, mala o buena, va intervenir de forma decisiva en el futuro de Serrano Suñer.  En esos años dirige la Academia Militar de la ciudad el general Francisco Franco.  A su mujer, doña Carmen Polo, la acompaña  una temporada la hermana menor, Zita Polo, joven de notable belleza y simpatía que atrae el prometedor abogado, habitual en los medios de la buena sociedad de la capital aragonesa.

Ramón y Zita se enamoran y, tras un tiempo de noviazgo contraen matrimonio en Oviedo. Entre los padrinos de la boda un personaje significativo: el general Francisco Franco, ahora cuñado y familiar del que más tarde habría de convertirse en su más estrecho colaborador. El estallido de la guerra sorprende a Serrano Suñer con su mujer e hijos en Madrid.  Se inicia entonces un largo y doloroso peregrinar en busca de refugio, ante el panorama de las calles dominadas por piquetes de milicianos que imparten a su modo la justicia del pueblo. Es detenido, interrogado y sometido a varios simulacros de fusilamiento, finalmente no ejecutados. La Cárcel Modelo le aguarda. Ni siquiera su carácter de diputado de la República (en las filas de la CEDA) le sirve. Ni a él ni a otros parlamentarios compañeros de prisión.

El relato del propio Serrano, que recoge puntualmente el autor, adquiere rasgos de profundo dramatismo al describir el clima de violencia imperante.

De repente en el silencio opresivo de las celdas,  se oyen gritos en las galerías de la cárcel:

“Nos denigraban con bajos insultos, y todos hacían objeto de su predilección al doctor Albiñana y a don Melquiades Álvarez, quien decía con incredulidad: Mira que tener que soportar las vejaciones de estos después de haber empleado mi vida defendiendo al pueblo…¡ y así hasta que llegue la hora en que nos fusilen!

Esa hora no tardó en llegar. Junto a señalados líderes republicanos de centro izquierda,  como Martínez de Velasco o Rico Avello,  además de otros derechistas, como Fernando Primo de Rivera, Ruiz de Alda o el conde de Santa Engracia, don Melquiades Álvarez, mentor y amigo de Manuel Azaña, fue brutalmente asesinado en agosto de 1936.

Así lo describe Serrano Suñer:

Creo que se los llevaron al sótano o al patio de otra galería y cinco minutos después oímos las descargas…Hacia las dos de la madrugada sacaron los cadáveres y los pasaron ante nosotros. Los llevaban en escaleras de mano, a modo de parihuelas”.

Casi de modo milagroso, don Ramón logró escapar ileso de aquel  horror. Con la ayuda del doctor Marañón, que le diagnosticó una enfermedad intestinal, fue internado en una clínica. De allí salió con una peluca disfrazado de anciana y provisto de ropa adecuada. Refugiado en la embajada de Holanda, logró ser conducido al puerto de Alicante donde embarcó en el destructor de la Armada de Argentina “Torpedero Tucumán” para arribar a Francia y trasladarse, junto al resto de su familia a Salamanca,  capital de los nacionales al amparo de su cuñado, el general Franco.

El reencuentro de los dos personajes no tardó en fructificar en una estrecha colaboración que habría de aumentar en los meses siguientes,circunstancia  a la que se refiere con amplitud el testimonio de Serrano Suñer.

Mediada ya la guerra y con perspectivas muy favorables para el bando de los Nacionales, su formación jurídica fue aprovechadas por Franco para establecer las bases (Leyes Fundamentales del Movimiento) de un nuevo Estado capaz de superar las circunstancias provisionales derivadas de la eventualidad del puro mandato militar. Desde diversas instancias del poder y ocupando puestos de responsabilidad (Ministerios del Interior y de la Gobernación) asume en 1940 la cartera de Asuntos Exteriores.

Europa arde en una terrible guerra mundial.  España debe navegar en un mar proceloso,  obligada por sus deudas con Alemania e Italia a secundar a las dos potencias frente a los Aliados Francia e Inglaterra. Cobran especial relieve las declaraciones de Serrano Suñer en las que expone la angustia vivida en sus relaciones con  los jerarcas nazis, Hitler incluido. En la estación fronteriza de Hendaya,  acompañado de Franco, y en Berlín y en el Berghof  a solas con el dictador nazi, la escena adquiere, como tantos episodios de la vida de este personaje, rasgos novelescos que él mismo se encarga de acentuar, con detalles de ambientales que ayudan a comprender la gravedad de lo tratado.

En política, los hechos se suceden con ritmo acelerado y a veces no dan lugar a cambiar de postura. El signo de la guerra se vuelve contrario a las fuerzas hitlerianas, mientras los Aliados avanzan y es necesario  satisfacerles  con cambios urgentes. Serrano Suñer paga las consecuencias. Acusado de simpatías con los nazis, cesa en el ministerio de forma súbita, pierde la confianza del Caudillo y, un tanto frustrado, abandona en 1942 la política tras varios años de plena dedicación.

Con sus luces y sombras, visiones parciales y puntos de vista discutibles, la obra aporta elementos de notable valor documental e histórico, gracias a los testimonios directos de un hombre que hubo de afrontar situaciones de extrema gravedad en las que se ventilaba el futuro de España como nación y la vida de millones de sus habitantes. Pensemos, si no, en lo que hubiera sucedido de entrar nuestro país en la guerra, a favor o en contra de cualquiera de los dos bandos: ciudades y puertos de mar arrasados, ejércitos movilizados, bombardeos masivos, muerte y miseria para una nación que no había restañado las heridas de una cruel y sangrienta guerra civil.

 

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