Un canto a la Navidad

Si se busca un denominador común a las fiestas que han celebrado todos los hombres de todos los tiempos, se llega a la conclusión de que han sido y son un canto a la vida. Se celebraba el final de las cosechas, y muchas veces también la siembra. Era, en ambos casos, el brotar de la vida que daba la vida al hombre. En el ámbito personal, se celebraban en primer lugar las bodas. Curiosamente, los nacimientos menos, pero el motivo probable es que la alta mortalidad infantil que existía hasta hace poco tiempo desincentivaba una fiesta que corría el riesgo de convertirse en luto al cabo de muy poco tiempo, quizás antes de que estuviera previsto acabar la fiesta. Por eso, se prefería celebrar la llegada de la pubertad, cuando el niño o la niña pasaban a ser un hombre o una mujer, con un futuro vital más prometedor y sobre todo más seguro que el de un recién nacido. Asimismo se celebraban las grandes victorias militares, que, sobre todo en la antigüedad, también constituían un seguro de vida para un pueblo.

La vida siempre ha sido un misterio para el hombre. Incluso ahora, cuando la ciencia ha desentrañado muchos de sus secretos, lo sigue siendo. Por eso siempre se ha asociado a la divinidad. Hoy día, si somos honrados, también debemos hacerlo, aunque cambie un poco el punto de vista. Ya no es tanto el asombro de que una pequeña semilla produzca un ser vivo adulto, sino más bien el asombro ante unos códigos genéticos

complejos y unos procesos bioquímicos igualmente complejos y que muestran finalidades concretas cuya explicación última remite a una inteligencia que, sin duda, es superior a la nuestra. Pensar que la física de partículas es la explicación última que llena de sentido a todo lo vivo tiene mucho más de un acto de fe atea que de una explicación científica. Por otra parte, en las guerras se buscaba la protección divina, y en consecuencia también se reconocía a Dios o a los dioses su parte en ella (más aún en el politeísmo antiguo, donde se pensaba que también se combatía a los dioses del enemigo). De ahí que nada tenga de extraño que las fiestas tuvieran un carácter religioso, y dentro del mismo un componente fundamental de acción de gracias.

Lo cual no obsta para que se encontraran muchas perversiones en las fiestas. El festejo de la vida podía dar lugar a una prostitución de carácter religioso y a desenfrenos; la acción de gracias por la victoria podía desembocar en el sacrificio ritual de prisioneros; el éxtasis festivo se podía alcanzar con drogas; y, en fin, emborracharse siempre ha sido algo habitual en las fiestas. No debe sorprender; el ser humano es capaz de degenerar con facilidad todo lo que toca. Lo que sí explica esta consecuencia del pecado original es la urgencia que tuvo la Iglesia desde el principio para cambiar las fiestas paganas. Lo sabio no era intentar abrogarlas, pues tenían hondas raíces en el pueblo, sino más bien cambiarlas de signo y convertirlas en fiestas cristianas.

¿Sucedió así con la Navidad? Es una cuestión debatida. Los motivos que se dan fue el sustituir las saturnales romanas –principal fiesta popular, que duraban del 17 al 23 de diciembre-; dar un nuevo sentido a la fiesta del nacimiento del sol invicto promulgada por los emperadores celebrada el mismo 25 de diciembre; o tener lugar nueve meses después de la fiesta de la Anunciación, ya celebrada desde antes. Es probable que en la elección de fecha influyeran todos estos factores. Ha habido y hay críticos de la Navidad que intentan desactivarla aduciendo que su origen está en una fiesta pagana, y que eso la contamina o le resta importancia. Se equivocan: esos pueden ser los motivos de elegir la fecha concreta, pero no la razón de celebrarla. En realidad, el motivo de que se celebre es que necesariamente había que celebrarla.

En la fe cristiana, nada tiene más motivo de celebración que el que la Vida –así se autodefinió Cristo: el Camino, la Verdad y la Vida- venga a los hombres, nazca en el mundo. Sólo la Resurrección la supera, pues es la entrada de la vida gloriosa, celestial, eterna, el triunfo definitivo sobre la muerte. Por eso poco importan las posibles dificultades. Si no hay fecha determinada, se busca una. Si faltan símbolos y motivos característicos, se van adquiriendo. Es irrelevante que el árbol de Navidad proceda de un culto pagano germánico, o que las figuras del Belén no aparezcan hasta el siglo XIII. También la música hubo que inventarla, a partir de lo más tosco, las tonadillas villanas, de donde viene el término villancico. Los adornos se fueron completando con los siglos, pero el motivo estaba desde el principio. Si los cristianos no celebráramos la llegada al mundo del Salvador del mundo, en realidad no tendríamos nada que celebrar. Ni que ser. Un cristianismo sin esta fiesta sería triste. Pero triste equivale a decir sin esperanza, y eso supondría, nos diéramos cuenta o no, la negación misma de nuestra fe.
Para quien vive sin esperanza, la Navidad suele ser un momento particularmente triste. La literatura y el cine lo reflejan bien. Dickens lo personifica en el viejo Scroogese de Un cuento de Navidad. Como sucede a menudo en nuestra sociedad, Scroogese no está triste por ser pobre, pues no lo es, sino por vivir en una amarga soledad, fruto de una avaricia que le ha alejado de las personas y ha convertido a las cosas en su único amor. Es una figura que hace reflexionar en un momento en que para tanta gente el atractivo navideño es la compra sin medida y la celebración de fiestas anónimas colectivas. En muchos casos esto tiene aire de mascarada; detrás de la máscara alegre hay un rostro real triste. Se entiende que quieran retirar todos los símbolos religiosos para la Navidad, pues el verdadero sentido de la Navidad hiere el corazón de quien está solo por el rumbo que ha dado a su vida. Pero el engaño no dura demasiado. Como dice la canción de Abba ¡Feliz año nuevo!, tras una fiesta de Año Nuevo en la que “podamos tener de vez en cuando la visión de que todo prójimo es un amigo”, cuando pasa queda el vacío: “ahora me parece que los sueños que hemos tenido han muerto todos, no son más que confetti en el suelo”. Dickens no quiso que su cuento navideño acabara mal, y para ello introdujo unos simpáticos fantasmas que convirtieron a Scroogese, abriéndole así la puerta de una Navidad feliz. “Convertir” es una palabra que en origen significaba cambiar de rumbo. Quien quiera una Navidad sin cristianismo lo necesita. Necesita la esperanza que trae el Hijo de Dios al venir al mundo. Necesita redescubrir en la Sagrada Familia el insustituible amor que la familia destila, sin que ningún sucedáneo sea capaz de albergarlo. Necesita descubrir en la celebración y en los regalos la manifestación del don de sí, clave verdadera de la felicidad. Es posible que los fantasmas de Dickens evocaran la ayuda de lo alto para una tarea que sin ella resultara imposible, pero ciertamente esa ayuda existe, y quizás sea la Navidad el momento más apropiado para encontrarla. Porque cuando encuentra su genuino sentido y se vive en esa familia que tanto cuesta crear y mantener, la Navidad es un momento de felicidad inigualable. Es un verdadero canto a la vida, a una vida que vale la pena vivir.

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