Y el premio Nobel de literatura es para…

Por Teresa de Urberuaga

 

Cada año, a comienzos de octubre, el mundo entero dirige su mirada a Suecia y Noruega a la espera de que se anuncien los nombres de los galardonados con los prestigiosos –y también a veces polémicos– premios Nobel.

En el caso del Nobel de Literatura, la expectación comienza incluso antes, cuando en septiembre una famosa casa de apuestas británica abre la veda para que sus jugadores puedan pugnar por su candidato favorito, como si de un partido de Champions o de una carrera de galgos se tratara.

Las apuestas de este año

El favorito, según los apostantes, para ser el ganador del Premio Nobel de Literatura 2013 es Haruki Murakami, seguido de otra eterna candidata, Joyce Carol Oates. El húngaro Péter Nádas aparece en tercer lugar, a cierta distancia del poeta surcoreano Ko Un. Cierra el grupo de los cinco primeros la canadiense Alice Munro.

También en los círculos literarios de prestigio y en los medios de comunicación se hacen “quinielas” en las que  no faltan los estadounidenses Philip Roth, Don DeLillo o Cormac McCarthy; la canadiense Margaret Atwood, el neerlandés Cees Nooteboom y hasta el cantante Bob Dylan. En España se apuesta, sobre todo, por Javier Marías.

Al margen de las predicciones, lo que sí es una realidad es que este año el Comité Nobel de la Real Academia Sueca informó en marzo de que la lista de aspirantes ascendía a ciento noventa y cinco, y dos meses después, en un sorprendente mensaje en su perfil de Twitter, comunicó que “5 candidatos han sido elegidos para el premio Nobel de Literatura 2013, según la Secretaría Permanente de la Academia sueca”. Eso era todo, ni referencias a posibles candidatos, géneros literarios o países predilectos.

En SL no vamos a hacer apuestas pero sí nos comprometemos a ofrecer nuestra valoración de los libros del autor que resulte galardonado.

Breve historia de los galardones

El 27 de noviembre de 1985, el prolífico inventor sueco Alfred Nobel, a quien se conoce como “el rey de la dinamita”, firmó su tercer y último testamento, en el que legaba la mayor parte de su fortuna (estimada en unos nueve millones de dólares) para crear una fundación que otorgara premios anuales entre aquéllos que durante el año precedente hubieran realizado “el mayor beneficio a la humanidad” en los campos de la física, la química, la  medicina y la fisiología, la literatura y la paz mundial. “Es mi expreso deseo que, al otorgar estos premios, no se tenga en consideración la nacionalidad de los candidatos, sino que sean los más merecedores los que reciban el premio, sean escandinavos o no”, precisaba el magnate sueco en sus últimas voluntades. (Nobel no instituyó en su testamento el premio de Economía sino que este galardón fue creado en 1968 por el Banco Central Sueco).

Cuando el documento fue abierto tras la muerte de Nobel, el 10 de diciembre de 1896, a los sesenta y tres años, se desató una gran controversia internacional, a la par que los familiares del fallecido, que habían quedado prácticamente desheredados, trataban de impugnarlo. El litigio duró varios años y la concesión de los galardones no se hizo realidad hasta 1901.

Un año antes se había  creado la Fundación Nobel, destinada a administrar los activos heredados tal y como había estipulado el testador, para quien la mayor parte de sus bienes debía ser convertida en un fondo e invertida en valores seguros.

En la actualidad, la dotación del premio se determina anualmente según los dividendos más recientes de las inversiones. El pasado año, la fundación redujo en un veinte por ciento la cuantía económica de los galardones, a fin de evitar futuros problemas económicos y garantizar su supervivencia.

De esta forma, los laureados este año con el Premio Nobel en cualquiera de sus seis categorías, recibirán un cheque por valor de ocho millones de coronas (unos 876.785 euros), además de una medalla y un diploma que tradicionalmente les entrega el rey de Suecia en una solemne gala que se celebra cada 10 de diciembre en Estocolmo. Ese mismo día se entrega el Nobel de la Paz en Oslo, Noruega.

Literatura e idealismo

Cuando el inventor sueco redactó su testamento expresó su deseo de otorgar el galardón de literatura a la persona que “haya producido el trabajo más sobresaliente con un sentido idealista”. Como no precisó qué entendía por “sentido idealista” ha correspondido siempre a la Academia sueca la responsabilidad de interpretar los designios de Nobel.

En 1901, la primera edición del Nobel de Literatura recayó en el poeta francés Sully Prudhomme en reconocimiento especial a su composición poética, lo cual da evidencia de un sutil idealismo, perfección artística y una rara combinación de las cualidades del corazón y el intelecto.”

De esta forma, en los primeros años, la Academia consideró que idealismo era lo opuesto a naturalismo y a positivismo y de ahí que escritores con sólidas carreras literarias, como el francés Emile Zola, el noruego Henrik Ibsen o el estadounidense Mark Twain, quedaran descartados.

Eso explicaría también, según los expertos, que el novelista y dramaturgo español Benito Pérez Galdós (1843-1920), uno de los más firmes candidatos al Premio Nobel de Literatura de 1912, no llegara nunca a recibirlo. Sí lo había hecho, en 1904, José Echegaray, “en reconocimiento a sus numerosas y brillantes composiciones, las cuales han revivido de una manera individual y original, las grandes tradiciones del drama español.”

En esa primera época el olvidado más destacado fue Leon Tolstói, que con toda su obra, entre la que encontramos grandísimos títulos universales como Guerra y paz o Anna Karenina, se quedó sin recibir un galardón que a todas luces mereció.

Españoles galardonados

Desde que en 1904 José Echegaray recibió el Nobel de Literatura, tuvieron que pasar catorce años para que otro español fuera galardonado. En 1922 el premio recayó en el también dramaturgo Jacinto Benavente, de quien se destacó “la forma feliz en la cual ha continuado las tradiciones de la ilustración aplicadas al drama español.”

Para muchos expertos, aunque Benavente era por aquella época reconocido y aplaudido, no mereció el premio por encima de Miguel de Unamuno, Pérez Galdós o los poetas Antonio Machado o Federico García Lorca.

Aunque las letras españolas no recibieron otro premio hasta 1956, la literatura hispanoamericana se alzó con el galardón en 1945 gracias a la obra de la poetisa chilena Gabriela Mistral.

Juan Ramón Jiménez fue el tercer español en obtener el cotizado y prestigioso premio, al que también llevaba años optando Ramón Menéndez Pidal. La Academia sueca se lo otorgó “por su poesía lírica escrita en español, la cual constituye un ejemplo de elevada espiritualidad y pureza artística.” El poeta de Noguer recibió el premio entre lágrimas a causa del reciente fallecimiento de su esposa, Zenobia Camprubí, acaecido el 28 de octubre, tres días después de conocerse el fallo.

El guatemalteco Miguel Ángel Asturias, en 1967, y el chileno Pablo Neruda, en 1971, contribuyeron también al reconocimiento universal de la literatura en nuestro idioma hasta que, en 1977, el galardón volvió a recaer en un autor español: el poeta Vicente Aleixandre, uno de los autores más representativos de la llamada Generación del 27.

Aleixandre, que se había mostrado algo incrédulo e indiferente cuando recibió la noticia, -hasta el punto de que llegó a calificar el premio como “ese incidente”- no pudo desplazarse a Estocolmo a recoger el galardón por razones de salud y pasó la jornada del 10 de diciembre  en su casa de la calle Vellintonia, en Madrid, “como un día normal”, declaró a la prensa. Su representante en la capital sueca, Justo Jorge Padrón, llevó consigo una conferencia preparada por el Premio Nobel para la ocasión y recibió el premio de manos del rey Carlos Gustavo.

El colombiano Gabriel García Márquez volvió a encumbrar las letras hispanas en 1982 al recibir la distinción y en 1989 le tocó el turno al español Camilo José Cela, de quien la Academia sueca destacó “su rica e intensiva prosa, que combina distintas formas de compasión como un marco de visión retadora a la vulnerabilidad del hombre.”

Cela se convertía de esta manera en el quinto –y por ahora último– español en obtener el galardón más importante de las letras de todo el mundo. El mexicano Octavio Paz (1990) y el peruano Mario Vargas Llosa (2010) nos han tomado el relevo durante las dos últimas décadas.

Lo que se perdió el Nobel

Son muchos los escritores que no han llegado a recibir nunca el codiciado premio a pesar de merecerlo sobradamente. Pero para muchos españoles la ausencia más notable de la lista de galardonados en los últimos veinte años ha sido la de Miguel Delibes.

El gran escritor vallisoletano se convirtió durante los últimos años de su vida en el eterno candidato al Nobel de Literatura, cuyo nombre circuló con tanta insistencia como ineficacia a la hora de suceder a Cela. Finalmente, falleció en 2010 sin obtener un premio que hubiese merecido con creces y que ha sido de los pocos que se le han escapado en su carrera.

Pero como han subrayado muchos de los que conocieron al autor de El camino, La sombra del ciprés es alargada, Las ratas, Cinco horas con Mario… a Delibes no le hacía ninguna falta el Nobel.

«No hemos de lamentar que no haya tenido el Nobel, que era un premio que Delibes no necesitaba», dijo el poeta y académico Antonio Colinas al respecto. «Era el Nobel el que necesitaba una obra y una figura como la de Delibes».

 

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