Relatos novelados escritos a partir de unos viejos manuscritos italianos que narran las trágicas vidas y amores de diversos personajes del siglo XVI. Stendhal (1783-1842) hace copiar algunos de ellos mientras está de cónsul en Civitavecchia, y los utiliza como fuente de inspiración. El lazo común de estos relatos es el amor y la muerte.
Es ésta una de las últimas obras de Stendhal (1839), y en ella pueden observarse las características fundamentales del autor: su notable realismo, inserto en plena época romántica y manifestado en una aguda observación que capta detalles externos e internos de la vida y de los hombres peculiares de Italia, por los que Stendhal admira a esta nación; al mismo tiempo, aparece como un romántico en su manera de verter sus tendencias y aspiraciones en los personajes de sus crónicas. Al ofrecer estos manuscritos, siempre presentándose como mero traductor, Stendhal oscila entre la traducción casi literal -"Vittoria Accoramboni"y la creación de su propio universo novelístico a partir de unos pocos datos contenidos en los manuscritos -"La abadesa de Castro"-. El estilo es preciso, ágil y rico. La traducción está cuidada.
El autor aparece en estas crónicas como un ameno narrador, un tanto libertino, pero tierno a la vez. Su tendencia incrédula y anticlerical le lleva con mucha frecuencia a arremeter contra la Iglesia Católica, el papado, etc., ridiculizando, contando supuestas debilidades y haciéndose eco de todo tipo de difamaciones.
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