Esta obra analiza los tres niveles de la ética que a juicio del autor suelen presentarse confundidos: la ética de la supervivencia, la ética de la felicidad y la ética de la dignidad.
Como es imposible un criterio de verdad absoluto para distinguir lo bueno de lo malo -afirma el autor-, la inteligencia inicia su reflexión analizando el dato atómico de la conducta. A partir de aquí el autor sigue un camino tortuoso en el que presenta los distintos niveles como una superación del ejercicio intelectual. El elemento fundante de la ética sería la posesión de derechos cuya negación produce en el hombre la frustración, la indignidad, el mal. Pero el hombre es el origen de esos derechos, inventados como proyectos por su inteligencia creadora. El legislador tendrá que aceptar sus consecuencias, que son los deberes, como cara diversa de la misma realidad. Así pretende el autor salvar la dicotomía entre bien (sensible) y deber, y superar el imposible psicológico del deber por el deber de la ética kantiana. La obra se desarrolla con gran profusión de citas y supone un verdadero alarde de relación entre autores y teorías, algunas veces contrarias.Aunque el subjetivismo ético pueda estar paliado por la concepción de Marina sobre la inteligencia como mera función creadora, la obra presenta una ética formalista y social basada, no en la consideración del bien, sino en los derechos del hombre. Se echa en falta un estudio más metafísico de la naturaleza humana y una noción de bien que supere el ámbito de la pura sensibilidad.
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