PEQUEÑOS FUEGOS POR TODAS PARTES

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Se esperaba con cierta impaciencia la segunda novela de la joven novelista americana de origen asiático, Celeste Ng (Pittsburgh, 1980), después del notable éxito de su primer libro, Todo lo que no te conté. Y seguramente no defraudará a sus seguidores, ya que van a encontrar toda una serie de elementos muy parecidos, empezando por el marco: la vida de una familia americana en una urbanización de clase media alta. Al igual que en su primer libro, la novelista se ha inspirado de su propia vida en Shaker Heights, donde vivió con su familia y acudió al Instituto de la zona.
Bajo la aparente tranquilidad y normalidad de esta periferia rica en el estado de Ohio, afloran tensiones raciales, dificultades para la integración de los forasteros, sentimientos fuertemente enfrentados sobre la maternidad y un sinfín de pequeños secretos que escoden, tanto los adolescentes protagonistas como, sobre todo, sus padres. Una realidad potencialmente incendiaria que no tardará en acabar en una hoguera. De hecho, la novela empieza por el trágico final y al lector, cual Sherlock Holmes llamado al lugar del dramático suceso, le tocará descubrir a los culpables y sobre todo los motivos que han llevado al desenlace.
En Shaker Heights viven Elena y Bill Richardson, un rico matrimonio blanco que ejemplifica el éxito: periodista y abogado, padres de cuatro adolescentes sanos y suficientemente (¡digamos!) comprometidos con sus estudios, amigos de otros matrimonios como ellos y propietarios de una bonita casa en una urbanización modélica, donde todo está debidamente reglamentado para asegurar la armonía, el confort y la belleza. En el marco de esta foto feliz se introducen dos elementos perturbadores, representados por Mia Warren, artista y su hija adolescente Pearl. El lector asistirá, al principio con extrañeza y luego con creciente incredulidad, al complicado entramado de relaciones que se tejen entre las dos familias: Elena Richardson alquila un piso a Mia Warren, quien va a trabajar como asistenta en su casa; Pearl se siente cada vez más atraída por los Richardson y protagonizará una historia de amor y celos con los dos hijos varones de los Richardson, mientras la pequeña Izzy, la preadolescente rebelde de éstos quedará subyugada por el atractivo de Mia Warren. Completa la trama una batalla legal sobre la custodia de una bebé de origen asiático, en la que se emplean a fondo tanto los Richardson como Mia Warren y su hija, además de casi la totalidad de la comunidad de Shaker Heights.
La novela nos está contada por la voz de un narrador omnisciente que no se priva de darnos precisas indicaciones sobre el modo de juzgar a los personajes y de comprender la trama. Se trata en primer lugar de entender que las normas, si bien son buenas en general, deberían incluir múltiples matices para hacer frente a una realidad que nunca es simple: “’Nada es casual’, le recordaba una y otra vez: era su frase preferida, y Mia se enteró de que la aplicaba no solo a la fotografía, sino a la vida en general. Nada era simple en aquella casa. En la de sus padres, las cosas eran buenas o malas, correctas o equivocadas, provechosas o inútiles: no había término medio. Para Pauline y Mal, en cambio, existían los matices, y todo tenía un lado oculto. Siempre valía la pena examinar las cosas, mirarlas de cerca” (p. 225).
Todos los personajes tienen su zona de sombra, que intentan, en vano, preservar y ocultar incluso a los más cercanos. Pero el narrador omnisciente los mira de cerca, les quita una a una sus máscaras, aunque sin juzgarlos: “Una de ellas [de las dos madres] había seguido las reglas; la otra no. Pero lo malo de las reglas era que no admitían matices, porque presuponían que había una manera justa y otra injusta de actuar. En la mayoría de los casos, sin embargo, no eran más que convenciones: nada se podía considerar totalmente justo ni totalmente injusto, y era difícil saber con certeza quién tenía razón en un conflicto” .
Los personajes de Celeste Ng, tanto los adultos como los adolescentes, se enfrentan a problemas graves: relaciones íntimas que acaban en aborto, maternidad subrogada e incumplimiento del contrato, adopción y batalla entre las dos madres (biológica y adoptiva), violación del secreto profesional, incomprensión y ruptura entre padres e hijos, entre otros. Aunque no les falta buena voluntad para resolverlos, no tienen unas ideas y valores claros, lo que los lleva a tomar, más de una vez, la decisión equivocada. En el mundo que la autora nos presenta, parece que la vía a seguir es una nueva vida, renacida de las cenizas de la anterior: “La gente casi siempre se merece más de una oportunidad. Todos, de vez en cuando, hacemos cosas de las que nos acabamos arrepintiendo. Tenemos que cargar con eso” (p. 269).
Muy bien construida (Celeste Ng ha seguido un máster de escritura creativa en la Universidad de Michigan), la novela tiene un ritmo que atrapa al lector. Gran admiradora del conde de Monte-Cristo y en general de la novela clásica decimonónica europea y americana (hay más de un guiño a la célebre Letra escarlata de N. Hawthorne), Ng quiere presentar a unos anti-héroes, personajes complejos con zonas oscuras y decisiones de las que llegan a arrepentirse. Pero en vez de dotarlos de más espesura psicológica y dejar al lector juzgarlos por sí solo (como en las novelas clásicas que tanto afecciona), explica demasiado sus comportamientos, en un intento claro de manipular la recepción del libro.

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