CARTAS SOBRE LA EDUCACIÓN ESTÉTICA DE LA HUMANIDAD

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Schiller se sitúa en una época de grandes cambios, cuando los delirios de la Ilustración se están apaciguando y comienza a arder la pasión romántica, pero no abdica de la vocación pedagógica que, de acuerdo con los ideales que suscribe, el intelectual moderno asume. En este sentido, y pese al equívoco del título, estas cartas recogen lecciones explícitamente políticas, ya que, en el marco de la filosofía del dramaturgo alemán, la estética y el arte se transforman, tras la barbarie revolucionaria a la que conduce la razón, en arietes de la emancipación humana y garantizan el advenimiento de la redención política.
Puede que estas cartas –no dirigidas a nadie determinado, tal vez porque para este “inventor del idealismo alemán”, como lo llamó Sanfraski, la humanidad en abstracto es su única destinataria legítima-, hayan tenido hasta ahora más influencia teórica que práctica, pero resulta indudable que muchos movimientos políticos e ideológicos han encontrado en ellas su principal ascendiente e inspiración.
Schiller detecta el callejón sin salida al que ha llegado el proyecto ilustrado y propone transformar su programa calculador -y esa precisa secuela suya que es la guillotina- en algo más emotivo, capaz de suscitar en la ciudadanía una predilección irresistible hacia el bien y la justicia. Para lograrlo es imprescindible, en su opinión, recurrir a la educación estética, que permitirá progresar al hombre y aumentará su atracción por la sociedad libre. ¿No tiene aquí sus raíces la tendencia emotivista de nuestra política y su traducción sentimental?
Estas cartas plantean dilemas y reflexiones que únicamente se pueden entender si se conoce la filosofía kantiana y se dan por válidos algunos de sus postulados, aunque muchos de ellos distan de resultar evidentes. Schiller es honesto al destacar las deficiencias y excentricidades de un modelo de razón tan desmesurado como desalmado, pero mantiene dualidades –como la que supuestamente existe entre naturaleza y cultura, o entre razón y sentimiento, o, finalmente, entre verdad y belleza- que tampoco su modelo estético alcanza a reconciliar. Al final, la defensa que hace de lo lúdico y del arte convierte la libertad en un logro inaccesible para el hombre.
Donde la filosofía clásica veía armonía, Schiller y sus vástagos ven discordancia. Por eso les desasosiega la aparente antítesis entre razón y libertad y por eso mismo no tienen más remedio que sustituir la verdad por la belleza. No comparece en esta larga correspondencia el genial hallazgo metafísico que descubre las dimensiones trascendentales del ente y la concordancia entre lo bello, lo verdadero y lo bueno.
En cualquier caso, esta obra sirve para estimular nuestra sensibilidad estética y nos alecciona sobre el significado de la belleza. Y de su importancia para la formación moral. Porque es el arte, recuerda Schiller, el sublime instrumento mediante el cual el individuo puede ennoblecer su espíritu, elevarse hasta lo ideal y hermanarse con lo utópico.

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