DIARIO DE ORACION

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Flannery O’Connor nació en 1925 en Savannah (Georgia), en el profundo y protestante sur de los Estados Unidos, y murió en 1964, con apenas 39 años, víctima de una enfermedad degenerativa. En 1946 se matriculó en la Universidad de Iowa para realizar un curso de escritura creativa. En esta ciudad, O’Connor, católica, se encontró un ambiente moral en las antípodas de Savannah. Es en la residencia de esta Universidad donde comienza a redactar los diarios que se reproducen en esta edición, perfectamente traducidos e introducidos por Isabel Berzal y Guadalupe Arbona. También en Iowa empezó la redacción de sus novelas y relatos. Más tarde viajó a Nueva York y Connecticut. Pero en 1950, cuando aparecieron los primeros síntomas de lupus, la enfermedad que acabó con su vida y la de su padre, regresó con su madre y vivió en una finca familiar, Andalusia, hasta su temprana muerte.
De O’Connor se han publicado diferentes antologías de sus relatos, algunas conferencias, también sus relatos completos en Lumen, su espléndido epistolario en Sígueme y las únicas dos novelas que escribió. Fue una mujer de gran sutileza y carácter para la que su relación con el catolicismo fue radical. En su concepción de la literatura es evidente la huella de escritores sureños como Faulkner, Eudora Welty y Carson McCullers. En el caso de O’Connor, el realismo grotesco propio de estos escritores del sur se transforma en lo que ella llama realismo cristiano. Como escribió, “mis lectores son la gente que cree que Dios está muerto”, por lo que el clásico enfrentamiento entre el Bien y el Mal se hace desde la perspectiva del pecado, preparando el terreno para la inesperada irrupción de la gracia: “mis cuentos versan sobre la acción de la gracia sobre un personaje que no está dispuesto a aceptarla”.
Diario de oración es toda una sorpresa. No se conservan todas las páginas; para comprobar el esmero que la autora puso en su redacción, se reproduce en esta edición el manuscrito original. Los diarios están concebidos como una carta a Dios donde va desgranando su intimidad, sus inquietudes, sus anhelos, su necesidad de conocer mejor a Dios y algunos de sus defectos que quiere erradicar. Menciona sus lecturas en esos años: Proust, Lawrence, Kafka, Bloy, Péguy, Bernanos… En ellos queda clara su arraigada vocación como escritora y el sentido trascedente que quiere dar a sus obras para reflejar la gracia de Dios. Como escriben las autoras de la introducción, este libro “es una ventana al mundo interior de Flannery O’Connor, tanto de su proceso creativo como de su vida espiritual”. El diario abarca desde enero de 1946 a septiembre de 1947 y sus reflexiones, como se señala en la introducción, cambiaron su vida y su literatura.
O’Connor muestra en sus diarios también algo que traslada a su literatura: que le resulta más fácil ver en esta vida el infierno que el paraíso, con una sensibilidad especial para detectar el mal y la violencia. Todo esto lo muestra de manera desnuda y directa, sin “hacer” literatura. Por eso, las responsables de esta edición recomiendan “entrar con la delicadeza que ella misma pedía, para no manosear su alma”; como la propia O’Connor escribió “tengo miedo de las manos insidiosas, oh Señor, que mansean la oscuridad de mi alma. Por favor, sé mi guardián contra ellas”.

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