El Bailarín Ruso de Montecarlo
Abilio Estevez
Un sexagenario cubano, experto en el poeta José Martí, logra huir de su país gracias a un Congreso que se celebra en Zaragoza, sin llevar encima más que un librito y un álbum de fotos. Elige vivir en Barcelona, donde encuentra un hostal mugriento en el Raval, regentado por una madama que le canta boleros y otras canciones. Le alimenta el recuerdo de la visión de un bailarín de ...
Un sexagenario cubano, experto en el poeta José Martí, logra huir de su país gracias a un Congreso que se celebra en Zaragoza, sin llevar encima más que un librito y un álbum de fotos. Elige vivir en Barcelona, donde encuentra un hostal mugriento en el Raval, regentado por una madama que le canta boleros y otras canciones. Le alimenta el recuerdo de la visión de un bailarín de ballet clásico al que le gustaba ver ensayar, pues su musculatura, su virilidad, sus rasgos de tártaro, le atraían.
El autor pone indicios de cierta relación homosexual, sin que haya roce físico, con el bailarín, que provoca sueños, imaginaciones, alucinaciones al protagonista, hasta acabar con el relato del viaje de éste con la dueña del hostal a Montecarlo, como un sueño hermoso en el que también hay un baile primigenio. Nombres de literatos cubanos, de músicos, de letras de canciones y de poemas, calles, lugares: todo ello llena párrafos que trasladan al lector a un exotismo decadente y nostálgico, como el protagonista. Todo ello puede desconcertar al lector que desconozca a esos literatos. El protagonista es culto, escucha música clásica, conoce los pasos del ballet clásico: estas descripciones, mezcladas con el relato de las calles de Barcelona y los habitantes inmigrantes del Raval, crean un relato intenso, casi barroco, de tonos nostálgicos y acentos cultos. La estructura es perfecta.
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