EL CAMINO DEL TABACO

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Erskine Caldwell (1903-1987) no tenía la técnica de Faulkner ni la profundidad de Flannery O’Connor, pero sus obras siguen enganchando como en 1932, cuando vio la luz El camino del tabaco, su novela más famosa. Entonces, su éxito pudo atribuirse a la oportunidad: la historia de una familia de Georgia en la fase más crítica de la Gran Depresión suscitó intensos debates en la sociedad de su tiempo, por el naturalismo de sus estampas y el retrato de unos caracteres que habían perdido todo rastro de humanidad por culpa del hambre y la miseria.
En el fondo, Caldwell no “inventó” nada. La historia de la familia Lester, con su falta de moral y sus escabrosidades, no resulta tan desproporcionada en un contexto de mera supervivencia, que degradaba a los hombres a su condición más animal. Jeeter Lester, la voz más vibrante de la novela, no tiene un pan que llevarse a la boca. Es un aparcero blanco, sin trabajo, casado y con dos hijos a su cargo (otros cinco murieron y diez más se dispersaron por ahí). Su yerno, Lov Bensey, lo visita un día con un saco cargado de nabos y le pide que le ayude en su matrimonio. La hija de Lester, Pearl, no le dirige la palabra y sigue durmiendo sola como el primer día. Tiene doce años. El cabeza de familia le asegura que hablará con ella, pero todo lo que Lov saca de esa visita es un saco vacío de nabos y una humillada resignación tras los escarceos sexuales de su cuñada Ellie May.
A partir de ahí, Caldwell airea su espejo deformante por ese camino que el propio abuelo de Lester construyera muchos años atrás para transportar las hojas de tabaco hasta los vapores fluviales, en una época en la que la tierra era rica y los agricultores no estaban endeudados. Dude, el otro hijo que vive bajo el mismo techo, se acaba casando con la “hermana” Bessie, una predicadora que interpreta la religión a su manera y que, de hecho, se considera único miembro de su credo. La mujer lo convence a cambio de un coche que, naturalmente, el menor no tarda en malograr, tras chocar con el carro de un negro al que deja abandonado en la cuneta.
Con una prosa fluida, abundantes diálogos y capítulos cortos que indultan solo el humor más grotesco, Caldwell proyecta un drama de violencia normalizada y triste fisiología en el que no caben ni el idealismo de Steinbeck ni los mundos oníricos de Tennessee Williams. Sus personajes, condenados de antemano, carecen de los recursos para adaptarse a las circunstancias o empezar de cero; y el final de la novela, con el fuego consumiendo la propiedad de los Lester, se percibe con cierta sensación de alivio, si bien el narrador no ahorra una última truculencia a propósito de una rata en un ataúd. La intención de Caldwell era atacar la literatura de “claro de luna y magnolias” del viejo Sur. Aquí lo consiguió.

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