Francisco de Mendoza, un Almirante por los Caminos de Europa (1596)
El 10 julio de 1596, Francisco de Mendoza, almirante de Aragón, dejaba Gante para dirigirse a la corte del Sacro Imperio, entonces asentada en Praga. Lo hacía siguiendo las instrucciones del rey Felipe II y del archiduque Alberto de Austria, nuevo gobernador de Flandes, de quien era mayordomo mayor. Su cometido consistía en presentarse ante el emperador Rodolfo II y otras dest...
El 10 julio de 1596, Francisco de Mendoza, almirante de Aragón, dejaba Gante para dirigirse a la corte del Sacro Imperio, entonces asentada en Praga. Lo hacía siguiendo las instrucciones del rey Felipe II y del archiduque Alberto de Austria, nuevo gobernador de Flandes, de quien era mayordomo mayor.
Su cometido consistía en presentarse ante el emperador Rodolfo II y otras destacadas personalidades, para comunicarles formalmente la toma de posesión de estos territorios por parte del archiduque; aunque a las iniciales visitas de cortesía se irían sumando otros objetivos de gran relevancia política.
Esta embajada diplomática se encuentra recogida en un manuscrito inédito -cuyo autor fue con toda probabilidad el propio Francisco de Mendoza- que ahora presentamos al lector. Redactado a modo de diario de viaje y sembrado de reflexiones personales del protagonista, nos sumerge en la Europa de finales del siglo XVI.
Sobre un telón de fondo de guerra, diplomacia y controversias religiosas, acompañaremos al almirante a través de un relato en el que la realidad se entrelaza con lo legendario.
Entraremos en iglesias y monasterios siguiéndole en su incansable acopio de reliquias locales. Visitaremos la judería de Fráncfort, el arsenal de Núremberg o la tumba de Jean Zisca. Escucharemos el relato de leyendas cuyo eco ha llegado hasta nuestros días: la columna derribada por el diablo en Tréveris, la Santa Cruz del Milagro de Maguncia o la Torre de los ratones de Bingen. Y asistiremos como testigos privilegiados a sus conversaciones con relevantes personajes de la época: el conde Peter Ernest Mansfeld, el arzobispo y elector Wolfgang von Darlberg, el príncipe-obispo Julius Echter von Mespelbrunn o el embajador Guillén de San Clemente.
El tiempo y las personas pasan, pero los lugares permanecen. Esperamos que disfruten de la magia de la persistencia del pasado en el presente.
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