HIJOS DE FEBRERO

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El concepto de novela negra se ha ido extendiendo a todo tipo de novela policiaca, cuando realmente nació como un género que exploraba únicamente el mundo de la delincuencia, sobre todo sus personajes, aunque también hubiera, como es lógico, aparición de policías. Era un género muy restringido a novelas, la mayor parte de ellas norteamericanas, pero aquí tenemos una novela claramente negra, aunque el principal personaje sea un policía. Harry McCoy es el protagonista de una serie de la que ya van dos títulos, cada uno con un mes: Enero sangriento y ahora Hijos de Febrero. Así que, si no se tuerce, la serie puede tener tantas novelas como meses.
McCoy un policía peculiar que fuma porros, toma ocasionalmente alguna que otra droga y que su mejor amigo desde la infancia (Stevie Cooper) es un mafioso con el que tiene tratos continuos y que muchas veces colabora con él aunque procura que no sea al margen de la ley.
Toda la acción se desarrolla en Glasgow, lugar donde nació y vive Alan Parks, en medio de la niebla y de la lluvia constante y va a transcurrir todo en pocos días: desde el 10 de febrero de 1973, al 19 del mismo mes y año; la novela se va a dividir en esos días.
Todo comienza con el asesinato, hecho con mucho sadismo, de un célebre jugador de fútbol del equipo local, el Celtic, que aparece con una inscripción en el pecho para marcar porque ha sido asesinado. Este jugador es el novio de una chica, hija de uno de los mafiosos de la ciudad, el jefe de la zona norte. A este asesinato va a suceder un supuesto suicidio y otro asesinato más y varios intentos de agresiones. Desde el primer momento se conoce quien es el asesino y cada día comienza con un monólogo suyo donde el lector se da cuenta de que está ante un psicópata.
La novela tiene más intriga de lo que parece en un principio y no se desvela hasta un momento en que el lector descubre que hay algo más que unos crímenes pasionales.
El relato se complica porque el mismo McCoy se ve afectado e implicado directamente con la acción porque tiene relación con su pasado como niño. Le acompañan en todo momento el inspector jefe Murray que fue el que le acogió en su familia, de niño y Wattie que es un policía joven en prácticas y que le da a la novela una nota de humor.
Los personajes están bien desarrollados, entrando a fondo en sus caracteres y penetrando en sus sentimientos y en su forma de pensar y la razón de sus acciones. Hay mucha inmoralidad en todo lo que ocurre y los malos son realmente malos, pero también brilla, por contraste, la bondad de otros. Algunas alusiones a la iglesia, aunque sean veladas, no la dejan en buen lugar. Por parte del asesino hay una obsesión sexual que se manifiesta en muchos momentos.
Hay tensión en el relato que no decae en ningún momento y al estar bien escrita se lee con interés y ganas.

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