LA ZANJA

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Aunque hoy día se le considera un clásico de la literatura rusa del siglo XX, Andréi Platónov (1899-1951) fue un escritor perseguido por el propio Stalin, marginado y totalmente olvidado que acabó sus días como conserje de la Unión de Escritores y víctima de la tuberculosis. Sus obras fueron expresamente prohibidas por Stalin a partir de los años 30. Pero Platónov no fue un enemigo declarado de la Revolución; al contrario: la apoyó en sus primeros años de manera entusiasta. Fue un hombre de ciencia, estudió Ingeniería Electrotécnica, con muchas inquietudes filosóficas, literarias y religiosas. Trabajó como experto en la recuperación de tierras y supervisó la excavación de estanques y pozos, el drenaje de pantanos y la construcción de tres centrales eléctricas. A diferencia de otros escritores rusos, que conocieron los efectos de la Revolución en el campo a través de guías programadas por el Partido Comunista (que les enseñaron lo que les convenía), Platónov conoció de primera mano lo que sucedió en el campo ruso en la década de los años 20 y 30, lo que disminuyó su fe en la Revolución, de la que comenzó a desconfiar (como se aprecia en esta novela).
En concreto, Platónov vio de cerca la persecución que el Partido Comunista aplicó contra el campesinado tras la severa aplicación de la colectivización de la agricultura, de manera contundente y trágica a comienzos de los años treinta. Se calcula que casi dos millones de campesinos fueron deportados entre 1930-1931.
Este contexto social y político es fundamental para entender La zanja, considerada la novela más política de Platónov, aunque conviene destacar que en esta obra y en otras Platónov tiende hacia las cuestiones filosóficas más que las políticas. Su libro es, por ello, una fábula filosófica sobre el devenir y los problemas existenciales de un grupo de personas ligadas a ese tiempo tan concreto.
La novela comienza con el despido de Vóschev de su último trabajo y su viaje hasta encontrar uno nuevo en una zona en la que se van a excavar los cimientos de un inmenso edificio. Tanto Vóschev como otros personajes se entregan de manera abnegada y optimista a la dureza del trabajo, pero las cosas no salen como pensaban y los trabajos se complican. A esto hay que sumar los problemas que tienen con el campesinado, brutalmente perseguido, y la progresiva desilusión de los trabajadores, que empiezan a dudar del ingenuo entusiasmo que le transmiten los apasionados de la Revolución.
Todo está contado en plan fábula y como si se tratase de un sueño o una pesadilla; los trabajadores, por ejemplo, aunque se citan los nombres de algunos de ellos, aparecen como fantasmas transparentes, figuras prescindibles en una tragedia que se relata de manera diáfana, con un estilo muy original, de gran calidad, pero ambiguo y alejado del realismo más directo. Vóschev mira todo desde la distancia, apenas se implica en nada de lo que hace y muestra con su controlada apatía el escepticismo ante lo que sucede a su alrededor.

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