OJOS CIEGOS

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XIX PREMIO FRANCISCO GARCÍA PAVÓN DE NARRATIVA POLICÍACA

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Premiada en varios certámenes literarios españoles, Virginia Aguilera (Zaragoza, 1980) es una de las plumas revelación de la narrativa española contemporánea. Dentro del género de novela negra, ahora publica esta historia con tintes de análisis antropológico. El protagonista colectivo es el poblado Alegría, un falansterio fundado por el cacique idealista Mateo Catalán de Ocón. Una comunidad según las doctrinas de Charles Fourier, a la española, ubicado en la localidad de Villacadamia, próxima a Monreal del Campo. La desaparición de una mujer es investigada por un juez, Juan Carlos Rodríguez, medio ciego, hombre pragmático, que ofrece una visión del mundo ilustrada, descreída, propia de una modernidad española, y su joven secretaria accidental, Candela, ingenua, religiosa, imaginativa, que va despertando su conciencia a un mundo de adultos, de presencia del mal, de la violencia y de las pasiones, a media que acompaña al juez Juan en el descubrimiento de la trama que acompaña a esa desaparición. Un mundo también de pasiones, al fin y al cabo, en el que los mecanismos de la convivencia se ven perturbados por los efectos de una naturaleza común a la que por mucho que se le quiera imponer, a través de la educación, los ideales de una soñada utopía, se arrastra en pos del sendero del mal. La novela es, también, una radiografía de la España política de mediado el siglo XIX.
Con una notable capacidad para describir los ambientes de una España, y de una comunidad humana, formada por ambientes claustrofóbicos, la autora de esta novela va llevando al lector de la mano de una intriga que se construye sobre técnicas de penetración tanto de la psicología de los personajes como de las sucesos que desvelan la sociedad oculta y podrida en la que se ha impuesto el terror como método de la convivencia. La relación epistolar tanto de Candela con su amiga Pilar, como del juez con su primo Luis, así como la transcripción de los diálogos de los interrogatorios, ejemplifican el buen oficio de la autora a la hora de combinar géneros que hagan la lectura amena e interesante. Hay que destacar que la novela mantiene un tono de asepsia respecto a las ideas sobre las que se construye el análisis de esta “pequeña horda”. Un tono descriptivo general que en algunas ocasiones desmerece por el detalle con el que se describen determinadas escenas del despertar a la vida adulta de la joven secretaria.

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