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Primera novela de Iñigo Redondo (Bilbao, 1975), que ya había publicado poesía y algún relato, un arquitecto en ejercicio que en esta ocasión diseña los planos de un relato bien cimentado y sólido en el que, página a página, como si se tratara de un edificio, levanta una historia amena, ingeniosa y bien trabada.
Sorprende el arranque de la novela con un primer capítulo meditativo que sitúa al hombre frente a su soledad en una sociedad masificada. El segundo rompe el sesgo anterior para dibujar con trazos leves, a lápiz, un bosquejo histórico hasta llegar a una ciudad de Ucrania en las décadas finales del siglo pasado. Y allí comienza su relato.
Alexéi hace un tiempo que vive con Helga, que no comparte su ilusión por ser padre. Un día aciago ve unas maletas preparadas e intuye su abandono. Una vez solo, apaga el dolor sordo que le abrasa con el vodka, en la oscura cantina de un hotel del que sale cada noche más tarde. Es director de un Colegio al que empieza a llegar apático y desmejorado. Una dura crisis que remonta con esfuerzo para volver a ser el profesor no distante que se interesa por sus alumnos.
Le preocupa una niña a la que ve sola y parece tener algún problema. Es Irina, una pequeña que responde atemorizada a sus preguntas y cuyos moratones delatan la agresión por la que no quiere regresar con su familia. Alexéi decide protegerla y la lleva a su casa. El lugar en que vivió con Helga va a ser el refugio de Irina. Una situación anómala e ilegal con la apariencia de un secuestro.
El relato transcurre desde ese momento en la pequeña casa en la que Irina pasa los días recluida. Únicamente sale para ir al Colegio y para comprar lo que necesitan, siempre con la urgencia de regresar pronto. Pasan los días, las semanas y los meses, celebran la Nochevieja y se suceden sus cumpleaños. Alexéi muestra una personalidad generosa y capacidad para intuir las necesidades de la niña, que en ese tiempo de encierro ha crecido y se emociona cuando le regala sus primeros zapatos de tacón. No sale nunca, sería peligroso, pero llega a conocer las ciudades del mundo a través del Atlas y muchas otras cosas en libros que le trae Alexéi para que no pierda el nivel de las chicas de su edad. A través de la radio o del periódico entra en la casa el mundo exterior y se enhebran los pequeños sucesos domésticos con pinceladas de lo que sucede en el exterior: los campeonatos rusos de ajedrez, el Titanic, la llegada a la luna, la política de Chernenko y, por fin, el ascenso de Gorbachov.
Iñigo Redondo escribe una historia sencilla, con solo dos protagonistas y pocos actores secundarios. Un relato cálido y vibrante, con abundantes diálogos de frases breves que muestran la vivacidad de Irina, la capacidad de Alexi para ponerse a su nivel y, sobre todo, su deseo de ayudarla. Con notable imaginación y capacidad narrativa, plasma detalles domésticos que transmiten los sentimientos de la adolescente Irina y los de Alexéi, que inventa y reinventa modos de aliviar su encierro y se pliega a sus deseos hasta en el modo de preparar la sopa.
Con habilidad, logra evitar la monotonía del encierro con sucesivos motivos de tensión: una vecina acude porque oye ruidos, Irina pone la radio pese a tenerlo prohibido, o se empeña en llamar a su madre para despreocuparla. El autor equilibra el plano intimista con el de una tensa acción hasta un desenlace con ritmo febril provocado por la tragedia nuclear de Chernóbil

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