Tu, Spes. Donde está el Peligro, Crece También lo que Salva
Kevin Roberts
Nuestra esperanza es irreductible al optimismo. No se funda en los logros del tiempo, sino en la bondad última de lo real; nunca en las conquistas de la época, sino en la promesa del Señor. Frente a la ambivalencia de un mundo que oscila entre el éxtasis y la desolación según el contexto, los católicos estamos convocados a una alegría esperanzada: también cuando nos asomamos al...
Nuestra esperanza es irreductible al optimismo. No se funda en los logros del tiempo, sino en la bondad última de lo real; nunca en las conquistas de la época, sino en la promesa del Señor. Frente a la ambivalencia de un mundo que oscila entre el éxtasis y la desolación según el contexto, los católicos estamos convocados a una alegría esperanzada: también cuando nos asomamos al abismo, también cuando avanzan las sombras.
El lema interpela a la Esperanza, como si fuese una persona, y tiene mucho sentido que lo haga. Los católicos no confiamos en el transcurso del tiempo, mucho menos en una ideología o en un puñado de técnicas. Confiamos, más bien, en el Dios que se encarnó, murió, resucitó, ascendió a los Cielos y regresará con gloria. Podemos dirigirnos a la Esperanza porque nos escucha. Podemos invocarla porque nos busca, especialmente entre los escombros, cuando las posibilidades de éxito se han disipado y sólo nos restan fuerzas para increparla en una oración que podría pasar por blasfemia.
Reseña del Editor
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