Segunda parte de un cuento en el que un niño se introduce en el mundo creado por él mismo a partir de los paisajes y monigotes que pinta en un cuaderno para distraerse, mientras hace los deberes del colegio. La historia, muy sencilla pero llena de fantasía, está bien escrita, con el estilo pausado y poético que caracteriza al autor, y su lectura resulta grata y muy estimulante para la imaginación infantil.
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