Bajo Cielo
Alfonso J. Ussía
Es un retrato impresionista, pleno de afecto y mirada acerada sobre Madrid. Requiere leerlo poco a poco, porque no es una guía, sino un lamento porque Madrid va dejando de ser su ciudad, cercana, familiar y sencilla, y se está convirtiendo en la ciudad invisible, por las prisas y la falta de trato entre la gente. Equilibrar tradición y crecimiento es complejo, pero la personali...
Es un retrato impresionista, pleno de afecto y mirada acerada sobre Madrid. Requiere leerlo poco a poco, porque no es una guía, sino un lamento porque Madrid va dejando de ser su ciudad, cercana, familiar y sencilla, y se está convirtiendo en la ciudad invisible, por las prisas y la falta de trato entre la gente. Equilibrar tradición y crecimiento es complejo, pero la personalidad de Madrid, convertida en personaje literario, consiste en aceptar a todos y que eso nos haga mejores.
El libro se organiza en tres partes, con capítulos breves. Se abre con "La ciudad que se pierde", donde rememora su infancia y su juventud, las costumbres que generaban arraigo: la panadería de barrio o las mantequerías antiguas "antes de que el código de barras [de los modernos supermercados] nos hiciera ser uno más de la manada". Barrios como Malasaña o locales como el Cok, donde aún se puede hablar. Referencias a Sabina, Manolo Tena, a Umbral y otros grandes de los ochenta.
En la segunda parte, "La ciudad que se estrena", la ironía y la melancolía sustituyen a la alegría de vivir y al sentimiento de arraigo. A Madrid ha llegado la deshumanización: los pisos turísticos echan a la gente fuera y el turismo desbocado hace insufrible la ciudad. Hay más mascotas que niños. La gente no pasea, se desplaza haciendo footing o va embelesada en la pantalla del móvil, impermeables para los demás.
Y en la última, "La ciudad de los mil pueblos", pareciera que Madrid, "hecha de todas las personas que vinieron a currar y cumplir sus sueños", estuviera conformada por microcosmos con personalidad propia, desde barrios como El Retiro, La Puerta del Sol, La Latina; otros más periféricos como el Bernabeu, Prosperidad o La Conce; para alejarse hacia Tetuán, Carabanchel o Vallecas, hasta las "frías y lejanas" urbanizaciones de las afueras.
El lenguaje es barroco e impresionista, se descoyunta en asociaciones expresivas: "el campanario [de San Francisco el Grande] rugía para dejar a la ciudad sorda de fe", o en expresiones castizas: "esta ciudad que no tiene mar, porque no quiere". Se advierte que es un maestro de la columna periodística.
Francisco Andrés