Lo que Escucha la Lluvia
Francisco Solano
Lo que escucha la lluvia de Francisco Solano es una novela intimista narrada en primera persona por un hombre en la madurez de la edad que reflexiona sobre las repercusiones que ejerció sobre su forma de ser y actuar la temprana muerte de su padre, en su infancia, cuando él apenas había cumplido tres años. A partir del día que su madre le dio noticia del triste suceso, mientra...
Lo que escucha la lluvia de Francisco Solano es una novela intimista narrada en primera persona por un hombre en la madurez de la edad que reflexiona sobre las repercusiones que ejerció sobre su forma de ser y actuar la temprana muerte de su padre, en su infancia, cuando él apenas había cumplido tres años. A partir del día que su madre le dio noticia del triste suceso, mientras jugaba a la orilla del río, el hecho de ser para todos sus vecinos "el hijo menor de la viuda" nunca dejó de marcar su existencia. Incluso ya adulto, e instalado en otro lugar, el recuerdo de aquellos momentos y sus inmediatas consecuencias sigue siendo algo esencial, cuando el protagonista indaga en su interior acerca de su propia identidad.
La obra, escrita en estilo indirecto, carente de diálogos, a base de frases largas, de complicada estructura gramatical y vocabulario alejado del uso común, ofrece un desarrollo argumental poco definido. Francisco Solano, (Burgos, 1952) parece haber elegido esta forma expresiva para subrayar el estado de incertidumbre anímica en que se halla el protagonista, aun a riesgo de provocar algo similar en el lector respecto a lo que la obra pretende comunicarle. Sentimientos de pérdida y alejamiento, evocaciones de juegos infantiles, resignada aceptación de las realidades de la vida profesional y familiar y el desgaste y pérdida de ilusiones producido por el paso del tiempo impregnan estas páginas de un tono de melancolía cuyos orígenes aparecen claros en el pasado, aunque no se manifiestan con igual nitidez respecto al presente. La debilidad del hilo argumental se contrapone a lo muy elaborado de la forma expresiva, cuajada de simbolismos y metáforas y refinada en su rica adjetivación. El predominio de los elementos formalistas revela las dotes del autor para realizar un ejercicio literario de indiscutible calidad estética. Al mismo tiempo, sin embargo, este acierto pone de relieve la falta de consistencia de la trama y lo limitado de la imaginación creativa que subyace bajo esta pulida superficie. Bien escrita, esta meditación interior sobre ausencias y extrañamientos, está dedicada a un público evidentemente minoritario.
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