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Relaciones que Trascienden la Muerte

Relaciones que Trascienden la Muerte

Un Libro Sobre la Vida

Jose Victor Oron Semper

Este libro, a la vez académico y divulgativo, se articula en torno a términos como: acto, relación, trascendencia, libertad, espiritual, personalizante, cosificante, persona, cosa, cuerpo, forma, amor, muerte, mundo, necesidad, singularidad, propiedad, encuentro interpersonal, interioridad, intimidad, individualidad, naturaleza, agradecer, servir, perdonar, sentidos y facultade...

Editorial:
Acompañando el Crecimiento
Año de edición:
2025
Materia:
Autoayuda
ISBN:
978-84-10402-31-7
Páginas:
268
Encuadernación:
Rústica
-5%
23,75 €
IVA incluido
25,00 €
Disponible en almacén
Entrega estimada el día 23/09/2026
Disponibilidad en librería
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Este libro, a la vez académico y divulgativo, se articula en torno a términos como: acto, relación, trascendencia, libertad, espiritual, personalizante, cosificante, persona, cosa, cuerpo, forma, amor, muerte, mundo, necesidad, singularidad, propiedad, encuentro interpersonal, interioridad, intimidad, individualidad, naturaleza, agradecer, servir, perdonar, sentidos y facultades.
Ofrezco aquí, como una pastilla de caldo concentrado, una síntesis de ellos. Leerlo al inicio orienta la comprensión conceptual; al final permite conservar la visión de conjunto. El libro diluye esta "pastilla" justificando y explicando todo.
Partimos de una evidencia compartida por creyentes, agnósticos y ateos: pertenecemos al mundo, pero no nos identificamos del todo con él. Esa distancia entre el yo y el no-yo nos hace libres para decidir cómo resolverla y, a la vez, nos obliga a hacerlo. El acto es espiritual porque concreta la trascendencia dando forma a quienes somos. Si somos siempre trascendentes, somos siempre espirituales en el ser y en el actuar, aunque sólo nos reconozcamos como tales ante otra persona. Cada uno elige cómo trascenderse, pero nadie es libre de no hacerlo: la trascendencia pertenece a la naturaleza humana. La relación del yo con el no-yo, sin embargo, es posterior a una realidad más originaria: la relación tú-yo, y aún antes, la experiencia primera de un nosotros sintiéndonos uno.
La relación con otra persona permite descubrirme como persona. Persona es el ser que es "más" que sus características y cosa el ser que sólo es sus características. Ese "más" es la intimidad, interioridad, libertad y singularidad. Relacionarse con una cosa no me permite ver el ser "más". Descubrirme persona sigue un orden: primero el nosotros, luego el tú, finalmente el yo. Al yo y no-yo se llega tras este proceso. Partimos de la comunión y el encuentro interpersonal es la posibilidad de una comunión mayor en la que todos crecen. El otro al tratarme como un tú con quién encontrarse (es decir, como más que mis características) me permite descubrirle como un tú y, a uno mismo como un yo, es decir, como un tú ante tí. Como consecuencia descubro al mundo como el espacio de encuentro interpersonal. Quien soy lo soy en mi historia (mi mundo), pero no es la historia (cosa) lo que me hace ser quien soy. ¿Quién es él?, ¿quién soy yo?, ¿qué es el mundo? Son tres preguntas de una única experiencia fundante.
En el diálogo interpersonal es donde cada uno se descubre como singular, único e irrepetible, pues no es tratado por sus características, sino por ser un otro que aparece ante mí. La persona es libre en primer lugar porque sus características no le agotan, sino que es más que sus características y ese "más" es su libertad, interioridad, intimidad y singularidad. La persona también es libre porque se ve empujada por su naturaleza a concretar la forma de situarse ante la emergencia del otro.
Cuando decimos que la persona es "más" que sus características, es decir, libre, se está reclamando que la persona es intimidad o interioridad, términos que son casi sinónimos. Vale la pena fijarse que con los términos libertad, intimidad e interioridad nos referimos siempre con el verbo ser, no con el verbo tener. Ciertamente tenemos libertad, interioridad e intimidad. Pero la tenemos porque lo somos. Tener en este caso se refiere a que la persona es capaz de definir la forma de su libertad, interioridad e intimidad y ella es responsable de tal determinación. Siempre hay obligación de determinar la forma, una determinación que no agota a la persona, puesto que la persona es más que sus características y, haber decidido algo, también es una característica. Por muchos que sean los condicionantes y las constricciones externas siempre hay espacio a determinar la forma de la libertad, la interioridad e intimidad.
Dicha determinación o concreción se realiza en el acto humano que siempre es espiritual por concretarse la relación entre dos intimidades y, la intimidad no es una característica, sino que es persona. Las características son espaciotemporales. La intimidad no es espacio temporal por no ser característica. Por ello, la concreción de la relación de intimidad a intimidad es espiritual y eterna y, la muerte no le afecta. Dicha concreción o determinación es dar forma y la muerte es el límite de las formas, pero no de la relación espiritual. Eso sí, la muerte obliga a que crezcan las formas, las viejas formas mueren y deben de aparecer unas nuevas formas. Mientras vivimos en este mundo, las formas son temporales, tras la muerte, salida del mundo, serán intemporales. Pero en ambos casos el acto es eterno, pues lo espiritual siempre lo es.
Para entender la espiritual acción apelamos a las primeras experiencias de encuentro consciente que tiene el ser humano. Tras el nacimiento acontece algo que prácticamente no había en el útero materno: distancia. Dicho de otra forma, hay mundo, un espacio y tiempo que permite el conocimiento del otro como otro que, al tratarme como persona, a su vez, me permite descubrirme como persona. El mundo, es decir, el espacio y el tiempo, es todo un regalo, pues para nosotros es la única forma que tenemos de descubrirnos como personas. Pero el mundo tiene solo una función transitoria y por eso es coyuntural (la forma mundana es temporal), y da la oportunidad de concretar sin agotar la distancia y por tanto la relación de intimidad. Para nosotros sin mundo no hay otro. Y como la persona es una (aunque no unidad) tras la muerte el cuerpo tendrá su transformación, pero siempre somos corporales. Pues la corporalidad, con la forma que sea, es reflejo de la concreción de la trascendencia. La corporalidad existe siempre porque el cuerpo nos hace accesibles y la persona necesita ser accesible para ser persona. Concreción y accesibilidad son las dos notas del cuerpo que permite a la persona ser persona.
Observar el diálogo entre el niño y la madre nos permite decir que una relación espiritual acontece de forma personalizante cuando uno se reconoce a sí mismo en el otro. Ve que el otro le abre un espacio de interioridad en el que se deja alcanzar (es decir, se entrega) y que dicho alcance revitaliza (es decir, acrecienta la vida) al otro y a uno mismo. A la par aumenta la individualidad y la comunión.
Si el mundo es coyuntura, la muerte también es coyuntura. Pues la muerte es el fin del mundo. El mundo nos dio una forma para relacionarnos, luego la muerte pone fin a dicha forma de relacionarnos. Esta es la tesis central sobre la muerte: la muerte pone fin a la forma de relacionarnos, pero no a la relación. Pues ninguna forma es la que nos hace personas, sino el ser tratado como tal por otra persona. Por eso, hablar de persona en singular es un absurdo. La persona es acto, por eso no existe una persona que luego es tratada como personas, sino que el ser persona siempre es estar siendo persona.
Si bien en el mundo, es decir, en el espacio y el tiempo, me descubro como persona. El mundo (que es un qué o un algo) no me constituye en persona (que es un quién o un alguien). Por eso la muerte, fin del espacio y el tiempo no hace que deje de ser persona. Si es "en", pero no es "por" el espacio y el tiempo por lo que me descubro como persona, pues la relación con una cosa (espacio y tiempo) no me permite reconocerme como persona (ser más que cosa). Solo ante una persona, que es más que sus características y por tanto es más que el espacio y el tiempo que no dejan de ser características, puedo reconocerme como persona, como siendo más. Pues el otro me trata como quien soy y no por como estoy, por mis características. Pero si me trata atendiendo a mis características que no pueden ser ignoradas. Una cosa, que es sus características, no puede tratarme más allá de mis características. Un animal me trata en función de mis características. Pero una persona que no se aleja de mí por ser mala, ni se acerca a mí por ser buena, sino que está siempre ante mí y para mí porque yo soy más que mis características, me permite reconocerme como tal. Los demás me tratan como cosa cuando concretan la relación conmigo simplemente basándose en mis características (mi forma de ser, mis roles, ...) me tratan como cosa y no me ayudan a verme como persona. Tratar al otro como persona es una acción personalizante. Tratar al otro como cosa es una acción cosificante. Son dos formas de resolver la espiritual relación y acto (los dos siempre espirituales).
Para afirmar que todo acto es espiritual hace falta descubrir que hasta para sentir un cambio de presión en el hombro o para usar nuestras facultades está nuestro espíritu, intimidad e interioridad en juego. Para ello veremos que el sentir no es un acto constructivo, sino integrativo en el que toda la persona se expresa y las facultades no son propiamente recursos que tenemos, sino formas de ser pues el ser humano, por ser persona, no puede sino vivir diferenciándose (permanente estado activo de la inteligencia) y posicionándose (permanente estado activo de la voluntad).
Analizar los actos patológicos del yo (narcisismo, Edipo, sadismo ...) confirma que todo acto es espiritual porque tratan ingenuamente de determinar la trascendencia tomando propiedad de una cosa o de una persona tratada como cosa; son acciones cosificantes. Son actos ingenuos porque son frustrantes y no satisfacen lo que requiere nuestra naturaleza, ya que una cosa nunca puede dar lo que la libertad, intimidad, singularidad que una persona reclama. Por eso cuantas más cosas se tiene más nos frustramos y, en nuestra desesperación, más deseamos las cosas a la par que menos las disfrutamos.
La espiritual relación y acto existe porque existe la libertad y trascendencia (no identificación total con lo que se vive) y reclaman afirmar la libertad del otro, es decir amarlo en su singularidad. Si el otro me trata con libertad, es decir dando espacio a mi singularidad, interioridad e intimidad que son más que mis características entonces yo podré vivir como libre, singular, íntimo e interior. Y lo mismo ocurre de mi hacia el otro. Amar es afirmar la singularidad libre e íntima del otro y ahí encuentro mi singular, íntima y libre afirmación de ser yo. Lo que podría llamarse mi individualidad, aunque el término individuo siempre es problemático cuando se aplica a la persona.
Que el espiritual acto por el que concretamos nuestra trascendencia reclame el amor quiere decir que la naturaleza del ser humano no acontece de forma neutra e indeterminada, sino que nace ya orientado. No hay neutralidad en nuestra naturaleza ni en nuestros actos. Y todo acto de amor siempre hace presente de alguna forma el agradecimiento, el servicio y/o el perdón.
La libertad, interioridad e intimidad en la que me descubro al ser tratado como persona permite descubrirse como regalo. Yo no me he dado la vida y menos el ser persona que siempre reclama que haya un otro que me precede en el amor. Solo existo como persona porque alguien me amó. Por mucho que lo intente nunca podré ser el primero en amar, alguien me amó ya antes. Una persona puede acoger la dinámica de su naturaleza: la vida es un regalo recibido que tiende por su propia naturaleza a convertirse en un regalo entregado. La propiedad quiere ingenuamente negar la orientación de nuestra naturaleza. La propiedad es la perversión del regalo y origen de todos los males del yo. Lo natural: el regalo recibido quiere convertirse en regalo entregado. El regalo recibido se entrega a quien me lo dio agradeciendo. Agradecer es reconocer que lo que se recibe no se recibe por las características, sino porque el otro te trata como persona. El regalo recibido se entrega a otra nueva persona por el servicio. Servir, no es mero asistencialismo, pues es tratar al otro como persona cuando se atienden sus características. Cuando pervertimos el regalo al considerarlo ingenuamente como propiedad, el perdón permite deshacernos de la propiedad y que vuelva a ser un regalo. Al perdonar nos desprendemos de algo que ha sido considerado propiedad y tratamos a los demás como personas. Al tomar algo o a alguien por propiedad lo cosificamos. Por eso, agradecer, servir y perdonar son los actos personalizantes centrales.
La muerte es garantía de la vida, porque la muerte es desprenderse de toda propiedad. Para quien la vida es agradecimiento y servicio, la muerte es un momento más de confiar en quien me trata como persona. Para quien vive en la propiedad, la muerte es un robo y una injusticia. Y, lo normal, es que todos vivamos un poco de todo. La muerte diaria nos permite crecer y no vivir desde nuestras propiedades (mis pensamientos, mis juicios, mis creencias, mis gustos, mis sentimientos) para abrirnos confiadamente al otro generando nuevos y mejores pensamientos, juicios, creencias, gustos y sentimientos que nos servirán durante un tiempo y también están llamados a morir para abrirnos nuevamente al otro. Hasta que, tras la muerte biológica, por la que salimos del espacio y el tiempo pueda darse una comunión, un encuentro interpersonal, perpetuo.
Mientras tanto agradecer, servir y perdonar, no solo te permitirá disfrutar de esta vida en su máxima expresión, sino que la muerte no detendrá tu vida, solo habrá un cambio de forma.
Si logramos nuestro propósito habremos conseguido a un tiempo descubrir dónde está la vida plena en esta vida y cómo ésta puede perdurar en la vida eterna.

Reseña del Editor

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